domingo, 20 de abril de 2008

Chica Pop. Salvador J. Tamayo

Ilustración: Marta Pombo

Soy Salvador Tamayo, autor del blog Metafísica para tontos. En primer lugar he de quitarme el sombrero ante el trabajo que estáis haciendo desde Hankover, ya era hora que la literatura en España recibiese una dosis de... dulce resaca. Me gustaría enviaros algo que vomité hace alguna que otra semana, nunca me he animado a compartir nada de lo que he escrito de ésta forma, pero bueno, ¿por qué no?
Bueno, os envío a mi Chica Pop, besa de puta madre así que no la desaprovechéis.

Un saludo


CHICA POP


Cada vez que sacaba un cigarrillo causaba el mismo efecto que si encañonase a una anciana con un revólver del 45, esa vez no fue una excepción, se le clavaron en la espalda los ojos de los seis borrachuzos que sentados en la barra bebían vino barato mientras se creían los amos del mundo e ignoraban la baba que les derramaba por el labio. Miraba a la pared y pensó que cada cuadro que colgaba podía ser el reflejo de ellos mismos, todos carteles de toros: el puerto, las ventas, la maestranza… en definitiva, un puñado de cuernos.

Los viejos borrachos cuchicheaban y bromeaban entre sí observándola mientras ella pasaba de ellos como lo hace una ardilla sodomita de una copa de champagne, en la radio la COPE vomitaba una vez más su particular mensaje divino, no podía ser más típico.

Se levantó de la mesa dándole plantón al plato de patatas y al trozo de nervio que el cocinero se empeñaba en llamar filete. Si se hubiese comido todo eso, el resto del día lo hubiese dedicado a luchar por su vida ahogada en colesterol.

Buscó en vano el lavabo de señoras y entró en el único cuartucho provisto de váter en todo el local. El moho que se acumulaba en la cisterna empezaba a tener vida propia, nuestra chica se acercó y vio como la civilización de la cisterna (llamémosla Cisterna I) había evolucionado, el microbio Miguel Ángelüs acababa de pintar su particular Capilla Sixtina.

Dentro del lavabo encendió un Chesterfield y le agradeció al cosmos que aún fuese una viciosa, por otro lado se lamentó de que no fuera opio, eso le hubiera venido mejor. El espejo del baño no mentía, tenía cara de prostituta yonki y las gafas de sol ocultaban sus ojos inyectados en sangre que en vano intentaba diluir con litros de colirio. Por un momento se vio a sí misma con catorce años, en el baño del instituto, ocultándose para que la dejasen en paz, para poder vomitar un poco de humo o para echar un polvo con algún cretino un par de años mayor que ella. Le daba igual que la pillase alguna de las monjas que no cesaban en su empeño de joderla, le daba igual que la amenazasen llamando a sus padres ya que lo más que iban a hacer era darle dos ostias que le dolerían menos que su indiferencia, en cuanto a los pingüinos…si hubiera tenido coraje habría saltado a la comba con las tripas de todas ellas. Realmente nada había cambiado, sólo que ahora tenía más años y era quizás más desgraciada.

Sentada en el váter pensaba en lo que tenía, en lo que le esperaba fuera, en cómo luchaba cada instante por su trocito de cielo, por su trocito de gloria. Se dio cuenta de que el humo del cigarro huía por una minúscula ventana del tamaño de la tablilla de la Gioconda, pensó en escapar pero no podía, afuera le esperaba su plato de nervios y tubérculos, de algún modo sentía que le debía fidelidad. Un ruido de fuera reventó su éxtasis.

-Oíga aquí no quiero cosas raras, ni yonkis ni mierdas, así que ya estás saliendo-

No lo podía creer, ese gordo grasiento le estaba gritando.

-Déjame en paz, estoy intentando mear-

-¡Llevas media hora zorra loca!-

Se acabó, abrió la puerta y se encontró a un mastodonte de más de cien kilos que no dejaba de gritarle y salpicarle en las gafas con sus babas. Ese idiota no la dejaba salir, el resto de la gente que había repartida por el antro no se atrevía a decir nada, sólo se escuchaban los gritos del dueño. No llevaba un día especialmente bueno, su nevera había muerto y le había costado levantarse más que a Kurt Cobain lograr que por su sangre dejase de correr ni un ápice de heroína. Blandió el aire con su Chesterfield casi acabado y se lo apagó al gilipollas en la cara, el olor a carne quemada le pareció delicioso.

-¡Jódete, cabrón de mierda!- Por lo menos ahora tendría un motivo por el que gritar.

Mientras corría le dio cólera no haberse podido acabar el filete, probablemente era lo único que iba a comer en todo el día, por lo menos hasta que consiguiese dinero chupándole la polla a algún viejo descarriado que quisiera invertir su pensión en aprovechar alguna de las pocas erecciones que le quedasen de vida.

No podía acertar el tiempo que pasó corriendo pero el sudor que empapaba cada vez más su camiseta le confesaba que no era poco, se detuvo frente a una tienda de electrodomésticos en la que una docena de televisores de plasma destelleaban como Homer Simpson estrangulaba por enésima vez a su vástago, eso le hizo pensar que si hubiese empleado todo el tiempo que había gastado viendo esa serie en estudiar, ahora mismo sería jueza, notaria, mileurista o algo igual de respetable. No… no cambiaría su vida por ninguna de esas.

Joder, tenía que arreglar también el frigorífico, hacía ya dos días que no se atrevía a abrirlo, seguramente los huevos habían montado ya su 11 de Septiembre.

Necesitaba otro cigarrillo, agobiada vació el contenido del bolso en el suelo, todo el que pasara por la calle Sagasta en ese momento podía ver su pequeño tesoro: pintalabios, mechero de gasolina, compresas, preservativos de dudosa fidelidad, un par de monedas, una cinta de cassette (por lo visto no se extinguieron) y por último rasgando el aire con sus aristas, bajó majestuoso el paquete de Chesterfield. Cada vez estaba más segura de que el cabrón de Murphy existía.

Hacía tan sólo cuatro horas que se había levantado y sabía que iba a ser un día largo, con lo acontecido hasta entonces pensó en hacer algo útil, algo destinado sólo a una élite de genios, seguramente escribiría un relato corto. Si las cosas seguían así, de madrugada tendría material para una trilogía.

A 153 metros el portal de su casa, a 12 metros hacia arriba, su apartamento donde el día menos pensado reventaría una bombona de butano, a cinco metros desde la entrada doblando una esquina y entrando por la segunda puerta de la izquierda, su cama sin hacer, su paraíso en el que llovía vodka y no dejaba de sonar la voz de John Lennon acariciando los acordes de Strawberryfields Forever.

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