viernes, 19 de julio de 2013

ENGENDROS DE SATÁN by Cristian Bértolo.


Éramos cuatro los que nos juntábamos a la salida de la escuelita cristiana que se daba todos los sábados a la hora de la siesta en el salón principal para actos, que a la vez servía como oficina de los delegados administrativos del municipio en el barrio, los lunes, miércoles y viernes, como así también de espacio funcional para las asambleas que oficiaban los punteros de la unidad básica “Perón o muerte, carajo” todos los sábados por la noche o los 17 de octubre sin falta, y también como sede barrial de los Alcohólicos Anónimos los martes y jueves de 7 a 9 de la noche y de cogedero todas las madrugadas en época estival. Ahí nos conocimos, ahí nos unió el caprichoso destino desde aquellos tiernos momentos a transitar un largo camino juntos en adelante. Nos conocimos en la sociedad de fomento "Unión y Progreso" del barrio Villa Esperanza, nuestro barrio.

Siempre nos juntábamos al finalizar la escuelita cristiana, a eso de las seis de la tarde, con nuestros cuadernos anaranjados de tapa blanda debajo de los brazos, pasándonos algún cigarrillo de esos infumables que se solían vender por unidad mientras íbamos charlando y caminando a paso firme las tres cuadras hasta el quiosco de Calamaro. Muy tirados en el frente del quiosco nos pasábamos el resto de la tarde comienzo chizitos, fumando y tomando una Coca-Cola de litro que lográbamos comprar juntando varios vueltos de los mandados que les hacíamos a nuestras madres.
Éramos cuatro, como te decía: el gordo Marcelo, Saralegui, Patito y yo. Nos unían muchas cosas, pienso, pero lo que nos unía muy principalmente era que nuestros padres fueran cristianos evangelistas practicantes y nuestro total y completo rechazo a que nos obligasen a asistir a esas penosas escuelas de religión típicas del conurbano bonaerense por ser nosotros cuatro los más jóvenes de las familias, y por ende, los más influenciables y obligados a hacer lo que sus padres digan para quedar bien a los ojos de Dios. Ese siempre fue nuestro argumento común para unirnos, nuestro común denominador aparte de nuestro fanatismo por Los Tres Chiflados, las Andanzas de Patoruzú y el fútbol. Cuando estábamos juntos podíamos hablar de las boludeces que realmente nos interesaban empleando todas las malas palabras sin miramientos y podíamos echarle un ojo al culo de la hija de la quiosquera de paso, que estaba rebuena y ni en pinturas nos daba bola. Éramos nosotros los cuatro amigos más juntos y hermanados en plena lucha por nuestro legítimo derecho a no querer que nos obligasen más a ir a la Iglesia todos los viernes y los domingos, a ser parte de toda esa pantomima de la felicidad y el amor a Dios. Atacábamos al cielo con nuestro propio fuego de esta manera. Odiábamos las cadenas de oración y esas panderetas de mierda, las manos extendidas al cielo reclamando Piedad y todo ese lloriqueo en supuestas lenguas extinguidas. Lo odiábamos con todas nuestras fuerzas. Teníamos doce años cuando nos conocimos, y al culminar nuestro curso de la escuela primaria nos comprometimos en acudir a matricularnos a la misma escuela secundaria juntos: la benemérita escuela industrial E.E.T. nº45 Comisionado Fierro de Merlo.
En el segundo año del industrial fue que tuvimos que entregar un trabajo práctico de equipo y nos reunimos en lo de Saralegui para terminarlo. Lo acabamos muy rápido, era perfecto, nos iban a dar una buena nota por aquel trabajo práctico. Al sobrarnos el tiempo y estar la casa sola para nosotros, nos decidimos a probar nuestro primer cigarrillo de marihuana. Patito dijo que lo había confiscado de una caja de zapatos en donde una prima suya, aparte de guardar todas las postales y todas las tarjetas musicales chinas de feliz cumpleaños que existan en la faz de la tierra, ocultaba la marihuana. Patito la sacó del bolsillo de la campera de jean ya armada como un largo brazo de gitano, y casi sin darnos cuenta nos lo estábamos pasando encendido de mano en mano y largando su tan conocido humo dulzón a mezclarse con el aire encerrado del comedor de los Saralegui desde nuestras bocas y narices. Tosimos mucho los cuatro a las primeras caladas, pero después de eso todo fue fluyendo muy satisfactoriamente. Entonces comenzamos a reír muy alocados y a corretear por todos lados haciéndonos jugarretas. El gordo Marcelo se quedó sentado frente al televisor y no paraba de cambiar los canales, se quedó con la mirada atolondrada y fija en el aparato mientras un hilo de baba le iba resbalando de la comisura de los labios gruesos. Saralegui y yo nos fuimos rumbo a la habitación de su hermano, cuatro años mayor que él. Patito nos siguió. La pieza estaba toda cubierta de posters y recortes de revistas por todos lados, pegados con cinta Scotch o con Boligoma en las paredes y en el techo. Salvo el piso de rústica cerámica, ningún vestigio del cemento que se escondía tras el empapelado se dejaba ver bajo la luz amarillenta de la lamparita de 40 que colgaba del centro del techo. Estupefactos ante nuestra vista nos sentamos los tres en la cama y empezamos a hurgar directamente en sus cosas sin ningún escrúpulo. Revolvimos en sus revistas Pelo y Generación X, en sus cassettes, todos pintarrajeados de birome con prohibido esvásticas en millones de colores y formas, que en fila reposaban muy ordenados sobre un pequeño estante encima del equipo de música doble cassettera, que acompañaba la cabecera derecha del catre donde también se apoyaba una guitarra imitación strato color crema marca F.A.I.M a la que Patito le sacó unas notas que había aprendido en el Ministerio de Alabanzas de la Iglesia. Encendimos el equipo de música y Saralegui apretó el play de la cassettera izquierda para ver qué era lo que estaba escuchando su hermano. Al comenzar la reproducción oímos los últimos acordes de Rudy can´t fail terminando, el silencio, y después seguido las primeras notas de Spanish Bombs. Nos quedamos mudos patitiesos los tres. La música nos envolvió, sonaba tan bien que ejerció un poder casi hipnotizante sobre nosotros. Nos dominó en absoluto. Al terminar el tema, Saralegui se acercó de nuevo al aparato y apretó pause. Se dio media vuelta y desde arriba nos miró a Patito y a mí; le brillaban los ojos marrones. Los tres nos miramos descreídos; nos brillaban los ojos marrones. Saralegui rebobinó la cinta hasta el comienzo y de nuevo apretó el play. London Calling. Al otro día en la escuela me aparecí con una cinta que le robé a mi madre rogándole a Saralegui que me copiase el cassette entero de los Clash sobre ese que había conseguido de predicaciones del pastor Guiraldes. Patito hizo lo mismo con una cinta de Juan Ramón. Al gordo Marcelo lo tuvimos que obligar a hacerlo, se lo perdió todo, pero nosotros tres nos íbamos a ocupar en influenciarlo, por suerte al final cedió. 
Pasaron varios meses para que al fin nos decidiésemos en armar una banda punk los cuatro. El gordo Marcelo en bajo, Patito a la guitarra, Saralegui a la batería y yo de cantante, en principio, utilizando algunos equipos de la iglesia que no se usaban y nos prestaba el padre de Saralegui, diácono del Ministerio de Alabanzas de la congregación, so pretexto de juntarnos para ensayar canciones de pop evangelista que tocaríamos para los festejos del próximo aniversario de la Iglesia. Comenzamos a ensayar a escondidas de nuestros padres, para que no se enterasen, logrando improvisar una salita de ensayos en la casa deshabitada que tenía en el barrio la tía del gordo, la que vivía en capital. No nos salía nada bien. Siempre íbamos a destiempo o se nos rompían las cuerdas y los palillos en casi todos los ensayos. Éramos un completo desastre; éramos PUNK. Intentamos tocar las canciones de los Ramones o de los Toy Dolls miles de veces hasta que al fin nos salieron medianamente bien. Después de un tiempo de ensayos ya teníamos un muy respetable repertorio de ocho temas: tres de los Ramones, tres de los Toy Dolls, uno de los Violadores y un último del nuevo cassette de Flema: Hombre Vicioso. 
Al terminar un ensayo, el de un lunes, creo no mal recordar, Saralegui dió el último sorbo al resto tibio del fondo de un tetra de vino blanco Uvita mezclado con jugo de naranja Tang y dijo: “Ya es hora de ponernos un nombre, estuve pensando anoche en Los Escupesangre, suena bien, ¿no?”. El gordo apoyó el bajo en la pared y me dirigió una mirada aparentemente extrañado de como yo estaba enrollando el cable del micrófono, como intentando pensar. “Está bueno, pero me parece medio blandito... que tal Los Nietos de Puta”, respondió. A todo esto Patito ya había acabado de guardar su guitarra eléctrica, y sentado sobre el amplificador barato con los codos apoyados sobre sus huesudas rodillas, mientras daba las primeras caladas a un cigarrillo 43/70, nos lo dijo de una vez y como completamente compenetrado en la descodificación de un mensaje en clave que trataba de destramar, como acabado recién de recibir por medio de una anunciación divina y única la cual debía ser comunicada al resto de la humanidad para su útil supervivencia ante el inminente cataclismo de los tiempos, una iluminación que solo él supo recibir e interpretar: “Ya lo tengo: LA CONCHA DE DIOS”. Y se nos hizo la luz. Sonreímos todos en señal de aprobación. Teníamos nombre.

Relato extraído del libro "Lo que queda del cuerpo", de Cristian Bertolo. Para conseguirlo contactar con el autor en:

No hay comentarios:

Publicar un comentario