martes, 16 de marzo de 2010

SEÑORITA por Ana Patricia Moya.


Para el deleite de mis ojos y para regocijo de mi corazón, ha regresado ella para devolver lo que alquiló ayer. Me saluda con mucha educación, pero yo, mudo y asombrado por tanta belleza, le devuelvo la sonrisa, una sonrisa que no puede compararse a la de ella, de perfectas líneas blancas, propia de esta diosa de metro setenta de piel morena y con una voz agradable, música celestial para mis oídos. Se pierde en el interior de la tienda, a pasos lentos, mirando lo que hay. Desde mi sitio, muy discreto, la observo. Sí. Es una mujer hermosa. Muy hermosa. Tiene un rostro precioso, con unos labios carnosos, unos enormes y profundos ojos negros, con un lunar cerca de la comisura de los labios. El pelo castaño rizado, suave, le cae, en cascada, por los hombros, y su aroma a canela embriaga los sentidos. Ni gorda, ni delgada: con las suficientes curvas, las que realmente ha de tener el sexo femenino para ser consideradas como realmente atractivas en contra de la opinión generalizada de que las chicas están más guapas extremadamente flacas. ¡Qué error! Esta mujer, que se aproxima ahora a mí es, realmente, una mujer hecha y derecha. Y sí: estoy enamorado, en secreto, de esta señorita anónima, de esta escultura de divinidad griega que visita diariamente a este humilde esclavo de amor. Me comenta, divertida, que ha escogido un regalo para su amiga. Yo no puedo hablar, sigo enmudecido, y espero que no haya notado que tengo las mejillas sonrojadas, signo de que me da vergüenza hablar con este cuerpo de formas delicadas, este monumento a la hermosura. Y puedo sentirme afortunado: nuestras manos se han rozado cuando me ha entregado lo que va a pagar para que yo lo envuelva en un discreto papel de regalo. Abro la caja. Cobro. Se despide. Se marcha; yo le dedico piropos en forma de suspiros. En fin. Mejor bajo a la tierra. Miro el reloj. Ya mismo toca cenar. Es hora de cerrar el Sex Shop: pongo la película porno que ha devuelto en su estantería correspondiente y guardo la factura del consolador extra grande que acaba de llevarse. Mañana ordenaré las cajas que me han traído esta mañana. Soy un poeta en lugar equivocado. Me da un poco de “cosa” coger vaginas y penes de plástico y látex. Pero así es la vida: es el único trabajo que había en la sección de ofertas de empleo.

Ana Patricia Moya, inédito.

Ilustración by Velpister.

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