sábado, 27 de diciembre de 2008

EL DIVINO FRACASO


Y hemos consumido la juventud más viva e inquieta, una juventud como de mujer que pedía rosas y hermanas, en aprender este terrible arte, en dominar la esquivez de la pluma, esta amada tan seria; nos hemos afligido y atormentado, hasta el aneurisma, creyéndonos siempre demasiado lejos del límite anhelado, aguijoneándonos con la belleza ajena para avivar la pereza reacia, desvelándonos de avaricia en la noche; hemos dejado que el arte sustituya la vida en nosotros, que su boca voraz nos muerda en las ropas y en las carnes; hemos trabajado tanto, tanto, sin otra alegría que nuestro triunfo sólo de nosotros sabido; hemos borrado, hemos roto, hemos hecho al fin de nuestra pluma una cosa tan nuestra como nuestro índice, para que una vez se nos diga: - Escribe usted demasiado bien. - Es decir, debe usted oscurecerse, embastecerse, confundirse con todos, romper su arte colmado, si no quiere quedarse eternamente cargado de perfección inútil... en una terrible soledad.

Alguna vez, detenido en esta engañosa meseta de la media gloria - como media luna - pienso si no sería bien arrojar definitivamente la pluma como una mujer desdeñada tira las rosas que ornaban sus cabellos...

Rafael Cansinos Asséns, de El divino fracaso (Valdemar, 1996).

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