sábado, 20 de diciembre de 2008

100.000 pollas


100.000 visitas ha alcanzado este fin de semana el blog La polla más grande del mundo. La mayoría de ellos, seguramente, pajilleros, que caen en la página tras teclear en el Google "polla" y salen de ella tan deprisa como entran, pero entre todos ellos más de uno -y una, me consta- también se ha detenido a leer las andanzas de la estrella del porno (amateur) Dick Grande. Os dejo con un fragmento del último capítulo. ¡Y a por las 200.000! P.

KEBAB Y MIERDA EN LA PLAÇE VENDOME

Después, estuve varios días a dos velas, sin apetito (sexual, quiero decir, en lo que se refiere al otro me inflé a kebabs por lo garitos turcos y griegos del Barrio Latino, madre, qué cosa más rica y qué suerte la mía, porque era lo más barato que se podía comer y a mí los ahorrillos que me había ganado a golpe de escobón en Pamplona, comenzaban a esfumárseme –y es que por aquella época, con lo que te dejabas en un kebab en París podías pagarte un primer plato en las Pocholas o en el Hartza-).

Todo apuntaba, pues, a que mi aventura parisina había sido un fiasco, yo me había plantado en el centro del mundo creyéndome el dueño de la polla más grande y más bonita y más todo del mundo, la más valiosa, la que me iba a quitar de pobre, y había resultado que el centro del mundo era mi propio ombligo, o más bien, lo que había bajo él, y por una vez no estoy hablando de mi pito, sino de ese estómago maleducado y gritón que tenía la fea costumbre de reclamar comida todos los días. Ni siquiera mi aventurilla con Clotilde había conseguido consolarme, supongo que porque ella no era Amelie, sino una comepollas de Ribaforada, y para ese viaje – Ribaforada estaba a solo 100 kilómetros de Pamplona, a donde, por cierto, todo apuntaba que tendría que volver ahora con el rabo duro y entre las piernas- para ese viaje, decía, no hacían falta tantas alforjas.


-Jodidos alemanes- me repetía, aunque yo también tenía mi parte de culpa, uno no podía fiarse de alguien que lleva calcetines de monte debajo de las sandalias.


Para colmo, cuando volvió a ponérseme tiesa no conseguí más que frotarme con las carnes fofas de un vejestorio, una actriz, gloria nacional venida a menos, y más loca que un rebaño de cabras triscando marihuana.


Pasó casi una semana hasta que me armé de valor necesario para llamar al director de porno blando del que me había hablado Clotilde. Durante ese tiempo, además de cambiarme de pensión, de Montmartre a una por la zona de Pigalle, con baño compartido y unas paredes tan finas que no solo filtraban el sonido de los pedos de los otros inquilinos sino también su olor, me dediqué a hacer turismo, me convertí, primero en eso que los gabachos llamaban un flanneur, un paseante, y luego en un clochard, un mendigo.

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