sábado, 30 de agosto de 2008

RESACA EN HENDAIA-PLAYA.


Era una mañana luminosa de marzo pero al bajar a la playa aquel sol como una naranja lo consumió una niebla densa, el vapor de un infierno dulce, el aliento de un dios con el corazón de hielo…; tal vez sólo las brumas de una resaca criminal: la noche anterior había estado suturándome las heridas de mi corazón con hebras de marihuana y limpiando el pus que supuraban con alcoholes de diferentes colores.

Pero sólo había sido pura rutina, esta vez no iba a tocar fondo, ni siquiera para coger impulso. Ya no me quedaban fuerzas para volver a brindar con extraños. Mi corazón era un estúpido. Sabía que no era bueno dar nunca más de lo que podían coger pero esa era su naturaleza, no sabía comportarse de otra manera…Cada vez que me enamoraba rompía todas las amarras que lo unían a otros extraños a los que había conocido brindando después de algún desengaño. Después todo se acababa y ellos ya no eran los mismos, o se habían olvidado de mí, o yo de ellos… Y volvía a quedarme solo.

Aquella vez, al menos, no estaba sentado en la banqueta de un bar, sino sobre la arena húmeda de la playa de Hendaia, encerrado en mi pequeña y asfixiante burbuja de luz, entre aquella niebla que parecía que nunca se disiparía. De vez en cuando entraba en mi planeta un perro persiguiendo un platillo volante, una pareja de enamorados en el séptimo cielo, un surfista de mares lunares, pero me daba miedo perderme en aquella bruma, ser arrastrado sin rumbo por el aliento gélido de aquel dios-demonio …

Todo, en realidad, me daba miedo. Me daban miedo las chicas, porque ellas no estaban allí, sentadas en los pupitres del colegio de curas, cuando comenzaba a vivir y decían que me estaban enseñando; me daban miedo los ojos de la gente, en los que brillaba el reflejo de otras personas agazapadas en su interior; me daba miedo que resultara tan fácil perderlo todo a la vez y que cada pequeña victoria, por el contrario, se fraguase después de años y años de pelea, solo, contra todo y contra todos; me daban miedo los hombres que gritaban, las mujeres que se colaban en las filas; me daba miedo el teléfono y sus repiqueteos con noticias de otros mundos; me daba miedo no encontrar la carretera de regreso, al otro lado; me daba miedo, sobre todo, yo mismo y las fracturas que escuchaba dentro de mi… Y me daba miedo, en aquella playa, echar a andar en dirección al mar y abrazarme a sus olas.

Las mareas eran como los primeros amores, unas veces traían botellas con planos secretos de tesoros, y caracolas en las que se escuchaba sinfonías de mares remotos, otras cadáveres inflados, lenguas negras de petróleo que mataban todo lo que lamían.

Aquellos primeros amores vivos e inmensos como océanos… ¿Qué había sido de ellos? Ultimamente todo era distinto, sólo me enamoraba del rumor de esas mareas escuchado a lo lejos, de la idea, la ficción, el engaño de pensar que me estaba enamorando; pero no había nada más, ese rumor sólo era el de las olas muriendo sobre la arena, descargando todo su esperma muerto, y después permitía que aquel simulacro de amor se pudriera y me pudriera a mí, hasta que su hedor resultaba irrespirable y era inevitable hacerse sangre en el corazón escarbando para desenterrar aquel cadáver, y así intentar continuar vivo, muerto de miedo.

Sí, todo me daba miedo. Hice, de hecho, un inventario de todos mis miedos y cuando terminé el mar se estaba merendando aquel sol como una naranja y sobre él todavía caracoleaban jirones de niebla, pero a través de ellos comenzaba desnudarse la luna. Y, tal vez porque ya no fuera capaz de imaginar nada más que me diese miedo, pensé que quizás esa luna pudiera guiar de nuevo las mareas del amor hasta mi estúpido corazón cubierto de tumbas y que en él germinaría un plancton de esperanza. Después me levanté y eché a andar sobre la arena, buscando las huellas de unos pies cuyo tamaño encajara exactamente en las corvas de mis rodillas durante las frías noches de otros inviernos, y mientras caminaba la niebla y la resaca se iban disipando, poco a poco.

Patxi Irurzun (La polla más grande del mundo y otros 69 cuentos)


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