viernes, 29 de agosto de 2008

EN LA CIUDAD BLANCA ( 2 ), por José Ángel Barrueco.


El Chiado. Nos acercamos al café A Brasileira, bullicioso y con cierto esplendor. En la terraza, la célebre estatua del poeta y escritor Fernando Pessoa. La gente se hace fotos junto a él. Se sientan en la silla anexa, se apoyan en su brazo, rodean sus hombros. Hacemos lo mismo. Pessoa en bronce soporta en su muerte la gloria de la que en carne y hueso no gozó en vida. Brasileira está casi lleno y no hay sitio para sentarse y no tomamos nada. Al lado, el Hotel Borges. En esa misma calle, la Rúa Garrett, está la Librería Bertrand, un lujo. Entro a comprar libros del portugués José Luís Peixoto. Compro poemarios sin traducir en España. Luego traduzco por mi cuenta y sin ayuda del diccionario, metido en algún transporte, un poema que habla del tiempo en que Peixoto se sentaba a la mesa con toda su familia. Sus versos me iluminan y me sacian, porque Portugal también es poesía y literatura. Desde algunos puntos estratégicos de Chiado se disfrutan unas inolvidables vistas nocturnas: las casas construidas colina arriba, las luces arrojando su resplandor sobre la ciudad, las terrazas de los bares sitos en cuestas donde cenan los turistas. Nos apretamos dentro de los tranvías y los elevadores. Los viejos tranvías conservan el aroma de lo bohemio y de lo antiguo, sus vientres rugen a medida que tratan de subir por empinadas calles. En la zona comercial de Chiado, además de librerías y puestos callejeros de libros de saldo, está la Luvaria Ulisses, una tienda minúscula y coqueta donde venden guantes de mujer, cosidos a mano. El dueño coloca un pequeño cojín bajo el codo de las damas y, con delicadeza y amabilidad, desliza un guante en sus dedos para que se lo prueben.

Nos perdemos en la zona pobre y degradada del Barrio Alto. Laberinto de callejuelas. Todas las fachadas de las casas, de los bares, de las tiendas, de los restaurantes, están proscritas con pintadas y bendecidas con graffitis. Las esquinas huelen a orín y a alcohol derramado. Una guía de viajes dice que algunos garitos de comidas son “trampas para turistas”. En los adoquines hay trozos de vidrio, botellas rotas, algunas bostas. Una mujer con aspecto de loca da de comer a las palomas desde su ventana. Las palomas zurean entre la porquería. Apenas vemos gente. Se nota que la actividad es nocturna, imaginamos que por las noches aquello se llenará de juventud chupando del frasco. Huele a bohemia, a humildad, a peligro, a suburbio obrero. Más encantador nos parece la Alfama, un barrio pobre y laberíntico del que Vicente Muñoz Álvarez me previene: mejor ir de día que de noche, porque uno podría perderse. Atravesamos calles retorcidas, plagadas de escaleras, de hombres que asan sardinas a la puerta de su casa, de mujeres que conversan junto a gatos que sestean, de tascas que huelen a pescado frito, de pequeños locales que despiden aromas celestiales a comida, de ventanas repletas de tenderetes de los que pende la ropa recién lavada, de macetas en los balcones, de paredes ricas en grietas, de árboles que dan limas y de cuyas ramas cogemos un par de frutos para olerlos y llevárnoslos.

En la Alfama comemos en un restaurante modesto y de menú sabroso que se llama Alfama Grill, junto a la calle Beco do Alfurja. Nos atiende un hombre simpático, amable. En Lisboa encuentra uno camareros que hablan portugués, castellano, inglés y francés, y sonríen todo el tiempo; pero también camareros secos, algo bordes, que te dejan con la palabra en la boca y se van a atender a otras personas. Degustamos el bacalao dorado, las sardinas asadas, los calamares. Estamos en una terraza, al aire libre. Hace calor y por allí cerca pasa algún yonqui, tullido y agotado.


José Ángel Barrueco, del blog Escrito en el viento.

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