viernes, 22 de agosto de 2008

EN LA CIUDAD BLANCA ( 1 ), por José Ángel Barrueco.


Lisboa. ¿Qué secretos esconde Lisboa que a todos enamora? No hay secretos. Sólo luz, agua, colinas, tranvías, magia en las esquinas, calles por las que perderse, casas decadentes y cautivadoras, versos grabados y recuerdos de poetas en las estatuas, los cafés y las plazas. Entro en Lisboa y cruzo el Puente 25 de Abril, y parece como si uno atravesara el Golden Gate de San Francisco. Alain Tanner la llamó “la ville blanche” en su película protagonizada por Bruno Ganz, “En la ciudad blanca”, que no he visto aún. La ciudad nos recibe con un golpe de vista majestuoso mientras atravesamos el puente tras un viaje en coche de seis horas. El impacto deja huella en los ojos: un paraje abierto, extensión de aguas muy azules, cielos que huelen a promesa, velas en el horizonte, la estatua de Cristo Rey allá en lo alto, en Almada, con los brazos en cruz, y el Tajo desembocando en el mar, dejando en sus manos oceánicas toda la carga de vivos y de muertos que ha soportado durante su travesía. Entramos en Lisboa bajo el magisterio de Vicente Muñoz Álvarez. En el bolsillo, dos manuscritos de su autoría: un folio con instrucciones para recorrer la ciudad y penetrar en sus barrios con la confianza que dan la sabiduría y la experiencia; y “Beatitud”, un relato recogido en “Perro de la lluvia y otros cuentos” que en breve será reeditado.

Alojamiento en un hotel. Comemos en un restaurante brasileño. Los camareros aparecen y traen pinchos donde han atravesado diferentes carnes. Sirven jugosos pedazos hasta que el comensal se cansa y dice basta. Las caipiriñas acompañan el almuerzo. A partir de entonces, tres días a pie, de aquí para allá, pateando las siete colinas, sumergiéndonos en la riqueza de sus calles y entre sus gentes. Los transportes ayudan a superar algunos tramos y aliviar las piernas: coche, metro, trenes, elevadores, tranvías, autobuses. Un ferry a Barreiro, que nos sirve para decretar que estamos perdidos y no hay nada que ver. Caminamos con la boca seca por los alrededores de Belém, junto al Tajo: el Monumento a los Descubrimientos, la Torre de Belém, el Monasterio de los Jerónimos. En el Monasterio vemos los sarcófagos de Vasco de Gama y Luís de Camoes, aunque sus restos no están dentro. En el mismo edificio reposan los huesos de Fernando Pessoa, pero no vemos su tumba porque para entrar a ciertas zonas cobran entrada. En Lisboa cobran entrada por todo. Cerca de allí probamos los Pasteles de Belém, exquisitez que enamora el paladar. La Pastelería de Belém, fundada en 1837, es algo laberíntica, llena de habitaciones y recovecos donde los clientes beben Oporto y devoran estos pastelillos, espolvoreados al gusto con canela; hay colas para entrar y un montón de camareros que se mueven deprisa por el ajetreo que supone una clientela constante. Fachadas antiguas con grietas y colores vivos ya destruidos por el tiempo y la humedad remiten un poco a Cuba y sus casas.

En nuestro camino hasta el barrio de la Baixa se suceden plazas, monumentos y muros con un toque de decadencia. En el entorno comercial, repleto de tiendas, bares y restaurantes, los camellos practican la venta agresiva de hachís, marihuana y cocaína. Se acercan y abren las manos y enseñan la mercancía: los rulos de costo, las bolsas con hierba. Tomamos el Elevador de Santa Justa, un ascensor que conduce hasta una torre desde la que se divisa la ciudad, sus tejados y sus colinas. Entrar en el ascensor cuesta dinero. Pero las vistas son magníficas y une Baixa con el Barrio Alto. Bajar por las escaleras activa el vértigo porque veo el suelo por los huecos, unos cuarenta y cinco metros más abajo: sudores fríos, pánico y algo de mareo.

José Ángel Barrueco, del blog Escrito en el viento.

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