viernes, 31 de agosto de 2007

GOLPES EN QUIMERA: Nueve Narradores Novísimos.

NUEVE NARRADORES NOVÍSIMOS.

Si vacilo en elegir el sufijo adecuado (¿post?, ¿neo?, ¿neopost?, ¿postneo?, ¿pospost?) que habría que anteponer a palabras como modernidad, realismo o simulacro para caracterizar la estética de los quince relatos antologados por Eloy Fernández Porta y Vicente Muñoz Álvarez, no resisto un solo instante en añadirles el sufijo –azo a estos cuentos de la crueldad ordinaria: –azo entendido aquí no tanto en su sentido aumentativo (pues grandes no son de tamaño, aunque sí de impacto algunos de estos textos), sino sobre todo en la acepción de “golpe”. Narrar a cuentazos historias de humillación, desvarío, depravación y soledad en el medio social cruel y alienante del mundo contemporáneo, esto es lo que hacen los autores seleccionados en esta antología programática que se propone representar una nueva ¿qué? –¿tendencia, generación, turba?– de la literatura española actual, nueve narradores novísimos, nacidos entre 1962 y 1974, que son, por orden alfabético: Ósca Aibar, Chus Fernández, Juan Francisco Ferré, David González, Salvador Gutiérrez Solís, Patxi Irurzum, Hernán Migoya, Vicente Muñoz Álvarez y Manuel Vilas. Todos tienen ya en su haber libros de relatos o poesía, algunos han publicado novelas, enseayos, guiones de cómics o han colaborado en revistas culturales y fanzines: sin embargo, se trata todavía de nombres poco conocidos en el panorama literario de la España del siglo XXI.En un esclarecedor ensayo introductorio, Eloy Fernández Porta reflexiona sobre la situación del género realista ante el fin del simulacro y coloca a l os nuevo autores de su antología en la estela del dirty realism norteamericano y sus émulos españoles, “por lo que respecta a algunos modos estilísticos, a la construcción del yo narrativo autobiográfico y a la voluntad de tratar temas de extremitud, si bien el ámbito de clase que describen es muy distinto, las ideas de “suciedad” y de “violencia” resultan menos esteticistas y la voluntad crítica es menos metafórica y más literal” (p. 14). Este nuevo realismo rechaza el afán de objetividad, no busca el efecto de reconocimiento basado en una deteminada forma de la descripción mimética y la supuesta reproducción cuasi-magnetofónica de la oralidad, y prescinde totalmente del color local anonimizando sus escenarios o deformando deliberadamente los lugares “reales” mencionados. Al contrario, se interesa por la subjetividad de individuos expuestos a la crueldad social, definida por Fernández Porta como “la imbricación de los diversos órdenes de poder –mediático, espectacular, institucional, sexual, personal– de los que resulta una división radical de las personas entre estrellas del pop y objetos del sadismo” (p. 14).
Encontrar una estética adecuada a la nueva situación epistemológica de la “realidad”, por un lado, y marcar la diferencia respecto a los realismos anteriores, por otro: el desafío es doble, y las respuestas, tan individuales como la escritura de cada uno de los nueve antologados, son múltiples y desiguales. Predominan en Golpes el relato en primera persona y la experimentación con el monólogo interior. En el poco navideño cuento de navida (“El charco”) que abre el volumen, David González desenmascara la pose provocadora de la “narradora más transgresora y sucia” (p. 38) como una autoescenificación del personajillo literario del dirty realism, un gesto hueco de rebelión fingida que se trueca en sumisión y servilismo ante los policías que amenazan con detenerla por haberlos insultado. El mismo autor nos brinda con “Sangre negra” un irónico relato antipornográfico, pues los esfuerzos copulatorios de la mulata Wendy con el obrero Mani ni siquiera logran excitar al narrador, cuyos deseos de erección resultan tan utópicos como el sueño de ascenso social de Wendy (“que su hija se case por la iglesia con un hombre del mismo color que su traje de boda”, p. 43). Y en “El debut del chico tatuado”, el simbolismo sentimental del hampa (una paloma con hoja de laurel en el pico y un revólver 45) choca con la esterilidad de una clínica donde la diabetes insulinodependiente impone un límite a la ilusión de vivir más libremente en la marginación, que se ve reducida a una cita irónica: “La realidad era mi droga, recuerdo que decía Cyril Collard” (p. 46) (…)¿Tendrán los cuentos de Golpes para la prosa española contemporánea un efecto fecundador semejante al que antaño tuvieron los peotas novísimos para la lírica? Hay motivos para dudarlo, pues las leyes de selección del mercado de la narrativa son más duras y homogeneizadoras.
Marcos Kuntz. Revista Quimera, 2005.

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