domingo, 30 de junio de 2019

INTERCOSTAL Nº 1



Ya está a la venta el número 1 de la revista Intercostal. Incluye una amplia entrevista a la poeta María Ángeles Pérez López, poemas de Tomás Sánchez Santiago, Tomás Rivero, Paloma Corrales, Luis Ramos, Francisco Morán y María Ángeles Pérez López. Además de un interesante artículo de la profesora Ana Agud sobre Antonio Machado. 

El precio es el mismo que en el número anterior, 7€ sin gastos de envío. Para pedidos por privado o al correo de la revista: intercostaliteraria@mail.com

Próximamente incluiremos los distintos puntos de venta. Por el momento se podrá encontrar en Letras Corsarias (Salamanca) desde este viernes y a partir de la próxima semana en Librería Octubre (Zamora).



viernes, 28 de junio de 2019

SEDENTARISMO APLICADO: José Yebra.




EL JOVEN DESINFORMADO

julio vendía la metadona
para poder pillar caballo
no necesitaba dientes para sonreír
porque aceptaba su deterioro
como la circunstancia principal
del resto de su escasa vida

cuando aquella mañana
no pudo despertar ya más
comprendimos la paradoja
desde su inmenso "no futuro":
vivir no es obligatorio:
la avalancha de mensajes positivos
y el afán de progreso
desde el emprendimiento
son drogas mucho más duras
que la mismísima heroína

aunque bueno
reconozcámoslo:
julio fue capaz
de vencer su pavor
a las jeringuillas
porque fumar chinos
le hacía toser demasiado:
y eso si que fue para nosotros
sus amigos
un gran ejemplo de superación personal.


EL LAVAVAJILLAS Y LOS CABALLOS

el lavavajillas sufre en caliente
mientras dos caballos percherones
siguen comiendo más y más hierba
en el prado inmenso de esos vecinos
que sé que aún respiran
aunque nunca los veo por aquí;
porque las crías de serpiente
son incapaces de ascender por las pezuñas
y se quedarán ese veneno
que no poseen
otro verano más
haciendo acopio de odio
ante las puertas de desconocidos
que ya borrachos
volverán a cantar canciones conocidas
por todo el mundo saludable
como si la vida no fuese más
que un karaoke alado
que escupe desde una altura considerable
un líquido denso y de tono blanco
del que no nos atrevemos
ni a preguntar qué contiene o qué es:
tan solo abrimos bien
nuestras bocas hambrientas
mostrando al señor
nuestra espeluznante colección de caries
para alimentarnos así de su gloria eterna:
y con el gozo ya en nuestro interior
caminaremos por aquella vereda
buscando sin pasión
un nuevo hogar que nos aleje
del sufrimiento de un lavavajillas
y del súbito relincho de dos caballos percherones
que a falta de verde que pastar
se morderán violentamente el uno al otro
para decidir al final
cuál de las dos crines
es más bella
más suave de acariciar:
habrán pisado sin querer
a todas y cada una de las serpientes
y las hormigas habrán llegado aquí
para en perfecta conjunción y armonía
llevarse los restos en fila
hacia el hormiguero alquilado de sus azarosas vidas;
el horizonte refleja otro incendio:
hemos decidido arder
como brujas ante una santa inquisición agnóstica
de boquilla y siesta diaria.


TUS BALAS, MIS PIEDRAS

otra bala silba a mi lado____
será la siguiente
la que me mate:
la piedra que ya no podré
lanzar contra su odio
permanecerá en el pozo del mío propio
esperando que otras manos
la recojan y la hagan levitar;

puede que en la otra vida
recupere mis piernas
y camine sin esa necesidad
de mirar al suelo
en busca de armamento
que alimente mi hambre
de justicia y dignidad:

mírame de verdad
soy una criatura increíble, lo ves?
ahora silba bien alto
para disimular
y después
baila alegre tu danza étnica
sobre mi masacre programada.


José Yebra, de Sedentarismo aplicado (Suburbia Ediciones, 2019)


jueves, 27 de junio de 2019

EN LOS LÍMITES DEL DESIERTO por ROBERTO RUIZ ANTÚNEZ



el colapso gravitacional de las palabras. la incomunicación como vertiente y alarido ciego. cerca de la multitud me muerdo las manos y el resuello y las estrellas nacen agónicas y desprovistas. me muerden los lobos la escritura y reivindico su hambre intrínsecamente curvo. en los límites del desierto me desdigo. vuelvo a nacer del mismo árbol del principio del tiempo.

Roberto Ruiz Antúnez


sábado, 8 de junio de 2019

TRAVESÍA en INTERCOSTAL



ESCRIBIR ES QUEMARSE VIVO

En estos tiempos en los que triunfa la autoficción como género narrativo vuelve a ofrecernos una parte de sí mismo Vicente Muñoz Álvarez, en esta ocasión de la mano de la editorial albaceteña Chamán que tan bien cuida sus ediciones.

Tras una incursión en la poesía de género como fue Del fondo y su antología personal GAS, el autor vuelve a desnudarse bajo la palabra poética. Para quienes no conozcan la escritura de Vicente les podríamos decir que no deja a nadie indiferente, desde una postura existencialista, pasa revista a todo lo que le rodea y construye. La vida es a la vez belleza y lucha, amor y dolor, supervivencia y deleite. Si en algo es característica su poética es en el hábil uso de la dicotomía, de las antítesis que tan bien dibujan su escritura, su vida. Porque si algo define a Travesía es la introspección y la desnudez del autor frente al lector, verdad despojada de todo artificio, de todo intento de parecer. 

Escrito en una cuidada prosa poética, sus ciento ochenta y tres páginas constituyen una obra de madurez, temas que son constantes en su obra como los perros de lluvia (aquellos poetas marginados por el sistema); la lucha entre el yo escritor y el yo inserto en el mundo capitalista, el vendedor de zapatos; las difíciles decisiones que nos llevan por un camino y no por otro; el continuo vaivén de personas que conocemos, con las que compartimos tanto y después desparecen; el amor; el adentro y el afuera del escritor, del hombre. Aparecen tamizados en este libro por una madurez, que como el propio autor dice, quizá sea por la proximidad de la cincuentena, aunque más parece ser un posicionamiento fruto de la experiencia vital y literaria. 

Es esta experiencia literaria un punto en el que me gustaría detenerme, siendo como se trata de un autor heterodoxo, fuera del canon impuesto, sus referencias librescas le acercan a la generación Beatnik, aparecen continuos guiños a autores como Kerouac, al que tan cercano se ha sentido Vicente a lo largo de su vida literaria; pero nunca se olvida de la visión del mar de William Hope Hodgson, la playa, el faro, el océano como lugares de recogimiento, de paz, que con su carga telúrica acercan a Vicente al verdadero recogimiento; sin olvidarnos de otros muchos de sus referentes como Lovecraft.

Estamos, como decía anteriormente, ante una obra de madurez. El poeta se ha dado cuenta de que la verdad se encuentra dentro de uno mismo, de que en el afuera solo encontramos hostilidad, esa Babel como él la denomina, no es más que un elemento de disrupción, de quebrantamiento de la personalidad, de ruptura con la paz ansiada; el mundo como lugar de ruptura con la esencia del ser humano, capitalismo salvaje, engaño, máscaras y juego, donde siempre sale perdiendo el débil. Travesía se convierte así en unas memorias en las que el existencialismo y, en cierto modo, nihilismo con que se contempla el afuera tienen su corolario en el descubrimiento del uno mismo como salvaguarda, de la biblioteca como refugio, del faro como lugar donde refugiarse de los embates del mundo exterior. 

Podríamos pensar que frente a la dureza de este mundo no existe solución, pero en la obra de Vicente Muñoz Álvarez siempre existe un asidero, una Shangri La de soledad compartida, donde el amor tiene su cabida frente a la arena de una playa salvaje.

Libro rico en metáforas, referencias literarias, referencias a sus libros anteriores, pleno de vida, nos sugiere navegar por sus páginas convirtiéndonos en los capitanes de nuestros propios navíos, pues esa es la enseñanza de un libro tan pleno, tan redondo como Travesía, debemos tener la plena consciencia de ser nosotros mismos, de no perder nunca el rumbo. Y quién mejor para mostrárnoslo que un viejo lobo de mar como Vicente Muñoz Álvarez.


Pablo Malmierca, en Intercostal Nº 1





viernes, 7 de junio de 2019

DAVID GONZÁLEZ: Lo que se puede contar.




EL REGRESO

cuando
la libertad
se convierte
en libertinaje
es hora
de regresar
a la cárcel:


REVOLUCIÓN

no un paso al frente
o no solo un paso al frente
sino los que le siguen:

los verdaderos mártires
de la revolución


EL PUENTE

se apagan las luces en su mirada
siempre que fotografía el puente de brooklyn:

el mismo que en su día cruzó
tony manero

para convertirse ya para siempre en
john travolta:



EL VIEJO MUNDO

a más de quinientos
años vista
si algo parece probado
más allá de cualquier duda
razonable o no
y te lo dice un poeta asturiano
libre por tanto de toda culpa
es esto:

             tanto en cubierta
como en sus bodegas de carga
al igual que en los camarotes
de los oficiales y de la tripulación
lo único que transportaban
aquellas tres calaveras
que venían desde el viejo mundo
era justamente eso:

un viejo mundo

con todos y cada uno
de sus naufragios:


David González, de Lo que se puede contar (Entropía Ediciones, 2019)

https://entropiaediciones.com/index.php/producto/loquesepuedecontar/

martes, 4 de junio de 2019

SIMULACRO: Julia Navas Moreno.




ALUD

Me escondo en cada pliegue de mi piel,
aspiro mis propios humores
y escucho el sonido de mi respiración.
Conformo casi una esfera
donde las extremidades se acomodan, se esconden.
No tengo principio ni fin
ni pies ni cabeza.
Me he convertido en un alud.
Me deslizo cuesta abajo.
Me deslizo hasta el valle
y arrastro todo a mi paso
creciendo.
Creciendo.
Creciendo.


ENVEJECER

Saludar a tu cuerpo.
Amarlo
y habitarlo en armonía
cuando,
en breve,
dejaras de reconocerlo.


AUTOLESIONES

Seres de espinas que apuntan al interior.
Para no ver la sangre de otros
se hieren manos, vientre, ojos
y a menudo se suicidan.


NARCISO

El amor no basta.
El amor no basta.
El amor
no
basta
si solo es amor a uno mismo.

*

Simular, disfrazar, ocultar para sobrevivir o, simplemente, para disfrutar. ¿Cuántas evacuaciones forzosas tiene una vida? ¿Qué dejaríamos, qué sería imprescindible ante una huida, ante la impostura, desesperación y el atropello por encontrar la puerta de salida? La existencia es, afortunadamente, casi siempre un juego, un simulacro. Cuando el edificio arde de verdad, urge lo imprescindible y atravesamos los pasillos sin mirarnos en los espejos.

Ser madres, hijas, inmigrantes o muertos olvidados en las cunetas; tallos verdes, cuencos restaurados con hilo de oro, ballenas, gatos… Simular con las palabras para vivir otras vidas y entender la otredad que esconden es una estrategia, por lo menos, inquietante.


Julia Navas Moreno, 
de Simulacro
(Canalla Ediciones, 2019)


Presentación: Miércoles, 5 de junio, 20 horas, 
Librería La buena Letra, Gijón.

sábado, 1 de junio de 2019

LA NOCHE ES VENENO NEGRO por JOSÉ G. CORDONIÉ




Mi nombre es Ezequiel Mengual. Pero mi nombre ya poco importa.
Recuerdo aquella noche como el inicio de una nueva existen­cia a partir de la cual mi persona, y por tanto mi nombre, dejaron de tener significado.
Todo lo que me ha ido ocurriendo desde entonces me ha traído a través de los caminos más oscuros de la existencia hasta el día de hoy, en el que sé que he llegado al punto final de mi historia.
Alguien dijo que la vida que conocemos finaliza en un punto y coma. Y que tras esa pausa, más intensa que una coma y menor que un punto, continúa y se desarrolla de una manera más plena, de modo que los sentidos crecen y se expanden hasta mezclarse con los sentimientos.
Yo no sé qué vendrá después. Y quizá sea lo que menos me importe. Solo deseo salir de aquí.
En aquellos días, en la trastienda de El figón del Almirante se abría clandestinamente un mundo lento y cautivador tras los cortinajes de damasco de seda dorada. Cuando se entraba en el local, se hacía de repente el silencio. Y el silencio era tran­quilidad y sosiego. La gente que allí se encontraba enmude­cía al dejar que las imágenes que se proyectaban en su mente, impulsadas por el opio y la absenta, los trasladara a un lugar distinto y prodigioso.
A un mundo al que solo se podía llegar escarbando en la sombra más oscura de la psique. Un mundo que muchos anhela­ban para evadirse de la realidad. Porque la guerra que vivíamos en esos días resultaba mucho más oscura que cualquier otra alterna­tiva a la que se pudiera llegar.
La ciudad vivía tiempos convulsos de miedo y destrucción.
Y la ciudad éramos todos. Y todos combatíamos cada día por seguir en pie.
En el hospital de San Jaime, donde yo trabajaba como ci­rujano, recibíamos a diario a decenas de personas heridas por la contienda. Y aunque no quedaba sitio alguno para más con­valecientes, hacinábamos a los heridos en camillas improvisadas en las habitaciones y en los pasillos. Cualquier lugar era válido para practicar una operación de urgencia, intervenir la herida de un balazo, entablillar la rotura de un hueso, realizar una am­putación o quitar esquirlas metálicas incrustadas en el cuerpo y en la cara.
En el sótano del hospital amontonábamos los cadáveres en bolsas. Y cada tres días les dábamos cristiana sepultura.
La aviación enemiga castigaba nuestra ciudad con continuos bombardeos. El silbido de las bombas se había convertido en una parte esencial de nuestras peores pesadillas, cuyo recuerdo se loca­lizaba en cada uno de los escombros y de las ruinas que se podían encontrar en las calles a cada paso.
La ciudad era un mapa de la desolación.
Y la ciudad éramos todos. Y todos buscábamos algunos mo­mentos que nos pudieran hacer olvidar la terrible realidad.
En aquellos terribles días, yo también acudía ocasionalmente a El figón del Almirante para tratar de mitigar el agotamiento y la tensión generados por la situación.
Pero aquella noche a la que me refiero fue distinta a las demás. Y me llega a la memoria como siniestra y fatal.
Una noche bien diferente a todas aquellas anteriores que allí había pasado. Y si es así, es porque tengo la seguridad de que en esa ocasión traspasé los confines de nuestra realidad. Que me adentré, aun sin desearlo, en una dimensión del todo desconoci­da, que ya no he podido abandonar jamás.
Llegué a El figón en la anochecida, en el momento en que la ciudad comienza a dormir y parece hacerse estática. Esa tarde no había habido bombardeos. Sin demora, atravesé las cortinas que me abrían el paso a la anhelada estancia de mis sueños.
El simple roce de mi cuerpo con el terciopelo verde oscuro del diván, donde me tumbé para comenzar mi viaje introspectivo, me hizo sentir de manera inmediata la pérdida de contacto con la realidad de mi existencia.
La maestresala del subrepticio lugar, llamada por todos María la China, empezó a preparar en un reservado la pipa de opio. Mientras tanto, yo fui elaborando con ansia la mezcla de absenta y agua fría, añadiéndola poco a poco sobre el azuca­rillo en una copa de cristal de una onza de medida. Después, revolví el licor con una cuchara de plata perforada, hasta que el líquido se hizo opalescente. Y lo bebí con verdadera avidez de un solo trago.
Sentí fuego sagrado en la garganta.
Me tumbé sobre el diván.
Una vez que el agua llegó a ebullición, la China colocó la piedra negra de opio en la cazoleta y me la acercó.
Me recliné para aspirar el humo frío que me llegaba a la boca tras atravesar la larga cánula de la pipa.

Afuera se escuchó la alarma de aviso de ataque aéreo.

Al poco, comenzaron a sonar los motores de los bombarderos Junkers de la Legión Cóndor. Y el caer de las bombas.
Desde el diván pude escuchar el estruendo de las explosiones y el griterío de la gente corriendo por la calle en busca de un refugio.
Se escuchaba el ajetreo tan cerca que, por un momento, pensé que una bomba había caído dentro. Pero seguí fumando de la pipa unos minutos más, hasta que el mundo de las percepciones se abrió dentro de la duermevela a la que había llegado tras pasar por un estado de somnolencia y hormigueo en la piel.
Fue un momento mágico.
Fue entrar en una nueva dimensión. Aquella en la que viven los seres que siempre deambulan a nuestro alrededor, aunque nunca vemos.
Atravesé las siguientes horas ingiriendo sueños feroces sobre la almohada de la noche, con la carne de gallina y con la frente perlada por gotas de sudor.
Escuché risas, susurros, secretos misteriosos y palabras que fueron dichas para no ser oídas por mí. Y, de pronto, aparecie­ron ante mis ojos bestias con formas muy diferentes a las que yo hasta entonces conocía. Seres tan reales como extraños, fantásti­cos e ilusorios que hasta entonces solo habían tenido cabida en el mundo de los sueños o en la mente del alienado.
Traté de levantarme del diván.
La China me detuvo poniendo su mano sobre mi pecho y me dijo con un susurro cálido muy próximo al oído:
—Evita sentir temor. ¿No ves que ellos se alimentan de tu miedo y que si tu miedo es grande jamás te abandonarán?
Desperté con el miedo impreso en el rostro y con su efluvio re­corriendo mi cuerpo a una velocidad mayor que la de mi sangre.
Desperté con una mueca que solo queda registrada si ha existi­do antes el pánico más intenso que uno pueda imaginar.
Entonces, escuché la suave melodía de una flauta dulce.
Fue esa música la que me hizo salir del sueño y regresar a la realidad. Y allí, a los pies del diván, se encontraba un chiquillo. Estaba sentado con las piernas cruzadas sobre el terciopelo verde oscuro y tocaba una pequeña flauta de madera blanca. Era un niño con una cara extremadamente insólita. Todo su rostro era blanquísimo, al igual que el color de su pelo, que le caía albo­rotado hasta los hombros. Y lo eran también sus pupilas, que apenas se diferenciaban dentro de los ojos al tener el mismo color blanquecino.
Aquel chico albino no tendría más de cinco o seis años. La melodía que interpretaba con su flauta era una canción tan lenta como triste: una variación de «Mná na hÉireann», que entraba como fuego en mi alma inflamable. Vestía una camisa blanca con un chaleco de lana azul y un pantalón corto de color gris oscuro. Parecía un colegial, aunque su insólita cara registraba la misma tristeza de aquella canción, que me llegaba en un impacto de confusión similar al que me procuraba su in­quietante presencia.
Me encontré desorientado tras el sueño oscuro que me había envuelto.
Sumergido en la nebulosa que me traspasaba como si yo fuese transparente, intuí que todavía me encontraba en el mundo de los sueños. Aunque todo parecía completamente real.
Observé la pipa de opio y la copa vacía de absenta, y luego miré al chiquillo, que seguía tocando aquella bella y tristísima melodía.
—Oye, muchacho, ¿por qué razón estás aquí? —me atreví a preguntarle—. ¿Por qué tocas esa canción que me trae tan malos recuerdos de amores pasados?
Al oírme hablar, el niño giró su cabeza hasta fijar en mí sus ojos de extraño color nacarado y dejó de soplar la flauta. Parecía como si sus ojos no tuvieran iris. Como si no tuviese siquiera ojos.
—Soy el que te trae la melancolía por recuerdos de tiempos que no volverán nunca más a existir —habló en un tono de voz grave, imposible en un niño de su edad.
—Pero ¿quién eres? —repetí elevando la voz.
—Simplemente soy una parte de ti mismo.
María la China entró en la habitación portando una bandeja, que dejó sobre la mesa alta que se encontraba junto al diván. Contenía una nueva frasca de absenta, una jarrita de agua fresca y los demás elementos necesarios para realizar la prodi­giosa mezcla.
—Dime, China —le pregunté susurrando—, ¿quién es ese niño raro que se sienta junto a mí y me dice cosas terribles con aterradora voz?
—Ahora deberás aprender a convivir con lo que se encuentra a tu alrededor y que hasta ahora no veías.
—No te entiendo, China. —La agarré del brazo.
—Estabas ciego ante una parte del mundo, que solo se percibe cuando superas los límites de la materialidad. Pero no temas nada, Ezequiel, ahora puedes ver las cosas tal y como son.
—Nada de esto es real, China. Esto es debido a esas drogas que me das.
—No, Ezequiel. Lo que ves es parte de ti, eres tú mismo. Solo eso.
—¿Dónde estoy?
—Estás en un lugar seguro. Aquí ya no pueden llegar las bombas.
Caí en el sopor del sueño.
Atravesé la tristeza en minutos de silencio.
Una vez más fui rodeado por seres extraordinariamente in­creíbles. Extrañas formas que solo tenían cabida en aquella estan­cia donde me encontraba, en la que se había abierto una nueva dimensión.
En ningún otro lugar este tipo de formas serían posibles.
Era como si hubiera bajado setecientos setenta escalones para entrar en un sueño inducido por el propio Cthulhu, porque allí había extraños especímenes y seres demoníacos a mi diestra y si­niestra que parecían haber salido del Bestiario de sus Mitos.
Aquellos seres estaban dispuestos a entrar en batalla ante mis ojos dilatados por el opio y la absenta, que ahora volvía a con­sumir reclinado sobre el diván, atendido por las blancas y yertas manos de la China.
Frente a mí estaban los ejércitos del Mundo de los Sueños mi­rándose cara a cara.
Y tras observarse con aviesa inquina, se lanzaron a lucha.
Empezando así una batalla eterna.
Una lucha que se iniciaba sin cesar, porque una vez que fina­lizaba se iniciaba de nuevo de idéntica manera. Se repetían una y mil veces los mismos golpes, las sacudidas atroces y los sangui­narios embates, en los que unos caían mortalmente heridos para seguidamente levantarse recuperados y asestar un golpe letal a su enemigo.
De esta manera, al finalizar la contienda, los ejércitos se miraban cara a cara. Y entonces, sin recordar que ya se habían enfrentado, se arrojaban de nuevo a la lucha.
Supe que se trataba de un círculo continuo que se completaba una vez tras otra. Un bucle temporal donde se sucedía lo que ya antes había ocurrido, pero como si fuera la primera vez que fuese a acontecer.
Me encontré envuelto en un espacio donde todo se repetía monótonamente, sin que nada variara ni un ápice respecto a como había transcurrido la vez anterior. Encerrado en una maldi­ción mayor aún que la de esos seres fabulosos y repugnantes que se batían ante mi asombro, ya que a mí no se me concedía, como a ellos, la preterición y el olvido de las acciones.
Desde ese momento, viví la noche repetida hasta la locura.
Una noche de veneno negro, que me fumaba en la pipa de opio y que me bebía en la copa de absenta en la trastienda de El figón del Almirante, asistido por la complaciente María la China.
Pude verme a mí mismo entrando en El figón. Fumando la pipa de opio reclinado en el diván. Despertando asombrado ante el sonido de la flauta del niño de rostro raro. Observando boquia­bierto a los diablos enfrentados en su lucha feroz, donde nunca había vencedores ni vencidos. Donde solo había espacio para la barbarie y para el combate cruento. Donde nadie recordaba la razón de la batalla.
Y estando atrapado en ese paréntesis maldito, pensé que ya no volvería a la vida y que me quedaría para siempre encerrado en este ciclo onírico continuo. Preso para siempre en las profundas Tierras del Sueño.
Poco más puedo decir: mi nombre es Ezequiel Mengual, pero mi nombre ya poco importa.
Solo deseo salir de aquí.

[Fragmento eliminado]

«Al despertar en el hospital de campaña fui consciente de que me debatía entre la vida y la muerte. Sabía, de algún modo, que aquella explosión se había llevado una parte de mí.

Nada podía recordar del bombardeo. Nada más que el sonido de la sirena de alarma. Los gritos. La confusión que, de pronto, lo envolvió todo.

Sentía un gran dolor bajo mi abdomen. Pedí ayuda con un susurro, al que nadie hizo caso. Los médicos estaban muy ocupados haciendo una maniobra de resurrección a un chi­quillo albino que se encontraba en una camilla junto a la mía.

A los pocos minutos escuché el pitido continuo de la máquina a la que estaba conectado.Pensé que un niño nunca debería morir así.

Sentí, entonces, el frío de las manos de la enfermera cuando me inyectó la morfina en el brazo. Me sentí, de pronto, caer. O entrar en un túnel, oscuro, como la entrada a un sueño eterno de donde ya no se puede salir jamás».


José G. Cordonié, 
de La negra luz del círculo oscuro 
(Caligrama, 2019).



La negra luz del círculo oscuro es una colección de relatos englobados en el subgénero weird fiction, o ficción de lo extraño, en la que podemos encontrar historias que transcurren en un insólito cotidiano, dentro de una atmósfera donde es difícil de definir, en ocasiones, si nos hallamos frente a un hecho extraordinario o ante una creación inexplicable de nuestra mente.
Un hombre que descubre en el espejo que su cara no es su cara, un niño que contacta con el más allá a través de una caracola de mar, un vampiro que se enfrenta a la pérdida de memoria o un hombre que se encuentra con su doble exacto en una difícil y confusa situación son algunos de los temas que puedes encontrar en estos relatos, escritos con una alta dosis de creatividad y originalidad para transformar momentos de la vida de los personajes en situaciones que provocan asombro y extrañeza.