Mostrando entradas con la etiqueta el tiempo de los asesinos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta el tiempo de los asesinos. Mostrar todas las entradas
viernes, 15 de marzo de 2019
viernes, 8 de marzo de 2019
EL TIEMPO DE LOS ASESINOS: Ya a la venta.
Cada cierto tiempo asciende del infierno al purgatorio algún profeta, un visionario que embriaga con palabras, que escupe fuego y se desnuda y abrasa al mundo en sus pasiones, un ángel caído que recorre las calles con su pluma y hace de la tragedia humana una canción, un himno de vida y sentimiento que sublima en poesía nuestro absurdo.
Este ensayo es un rendido homenaje a estos pioneros, alquimistas del lenguaje que hicieron arte de sus vidas, rompiendo tabúes y abriendo nuevas vías de expresión, para demostrar que la literatura no es solo un ejercicio de estilo y de retórica, un juego de señoritas, sino también, y básicamente, un arma de lucha y subversión.
Vicente Muñoz Álvarez
*
Semblanzas de: J.K.HUYSMANS, OSCAR WILDE, G.I. GURDJIEFF, ARTHUR MACHEN, H.P. LOVECRAFT, LOUIS FERDINAND CÉLINE, HENRY MILLER, MALCOLM LOWRY, DYLAN THOMAS, WILLIAM S. BURROUGHS, JACK KEROUAC, CHARLES BUKOWSKI y RAÚL NÚÑEZ.
Edición en papel:
Booktrailer:
jueves, 14 de julio de 2011
ARTHUR MACHEN: El ritmo oculto de las sensaciones, por Vicente Muñoz Álvarez.

El universo entero es un sacramento tremendo, una fuerza y una energía místicas e inefables veladas por la forma exterior de la materia. Y el hombre y el sol y las demás estrellas, y la flor entre la hierba y el cristal en la probeta del laboratorio, son, todos y cada uno de ellos, igualmente espirituales y materiales, y están sujetos a una acción interior.
Arthur Machen
Cuando hace ya un montón de años (quince o veinte o tal vez más) leí por primera vez La colina de los sueños, de Arthur Machen, me quedé totalmente deslumbrado por su extraño sincretismo y por su magia. Comenzaba entonces a dar mis primeros pasos como narrador y las desventuras de Lucian, enfrentado a la resistencia de las palabras y el mundo, se me antojaron una especie de solaz a mis propias frustraciones y esfuerzos. Porque, en tal sentido, este libro es un homenaje al acto reflexivo del creador: la novela de cómo se escribe una novela, o, en términos aún más exactos, la novela de cómo se sufre la gestación de una novela.
Conocía a Arthur Machen (1863-1947) por sus cuentos fantásticos y su aportación a los Mitos de Cthulhu, donde sustituye los fantasmas típicos de la literatura gótica por presencias que se manifiestan en su Gales natal a pleno día, fuera del contexto clásico en el que hasta ese momento habían sido representadas Sus relatos más famosos desarrollan desde diversos puntos de vista esta temática, joyas como El Gran Dios Pan, La luz interior o Vinun Sabbati, que sugieren la existencia de un mundo invisible tras la apariencia cotidiana de las cosas y que tradicionalmente han sido incluidas en las antologías más serias del género.
Sin embargo, y pese a la fuerza evocadora de estos cuentos, no es por ellos por los que hablaré a continuación de Machen, sino por la inquietante novela antes citada, La colina de los sueños, que supuso un giro de ciento ochenta grados en su trayectoria y que podría ubicarse por méritos propios entre los libros consagrados del decadentismo.
Su segunda y tercera lectura (hace unas semanas) me han revelado algunas claves que en su día, por falta de documentación, no supe apreciar.
En primer lugar, el simbolismo preciosista que da sentido a sus páginas, esa obsesión del protagonista por escribir la obra perfecta y desvelar las correspondencias del leguaje y de los sentimientos. Y, asimsimo, el aroma mórbido y sofisticado que destila, la fatiga existencial tan propia del esteticismo que enturbia el ánimo de Lucian en el paraíso artificial y a menudo doloroso de la literatura.
Partiendo de estas premisas, y como síntesis personal de todas ellas, Machen decide escribir un diario de lucha y hastío, narrar las experiencias psíquicas de un outsider entregado al culto de la belleza y al ritual puro del arte. Plantemientos estos que, a partir de Baudelaire, ya habían explorado frecuentemente los simbolistas y que llevó más tarde J.K. Huysmans hasta sus últimas consecuencias en su novela Al revés, biblia indiscutible del decadentismo. Con la particularidad de que Machen fusiona lo esencial de ambas corrientes en su peculiar universo de ensoñación, dando lugar a un libro exclusivo, a caballo entre la vaguardia estilística y la prosa de ciencia ficción.
Desde este punto de vista, La colina de los sueñoses un intrincado laberinto de situaciones que desembocan en un final ambiguo y oscuro: ¿Qué le sucede a Lucian? ¿Ha soñado su vida o ha vivido un sueño? ¿Ha escrito realmente una novela o sólo la ha intuido? Preguntas que cada lector debe resolver en función de las claves que va desvelando en la novela. E interrogantes, en cualquier caso, a los que se puede dar más de una respuesta. Sin olvidar, como ya antes señalaba, que Machen es teóricamente un escritor de corte fantástico y que por tal circunstancia La colina de los sueños tuvo que implicar para él un doble esfuerzo: el del distanciamiento temático del género, y el de una apuesta arriesgada por armonizar en su obra las técnicas más complejas del simbolismo y el decadentismo: la música de las palabras, su ritmo secreto y la asociación libre de los sentidos para obtener la obra total, una prosa directamente inspirada en la naturaleza.
Todo el libro persigue indiscriminadamente este ideal, la fijación de Lucian por escribir un texto que conjugue estilo y sensaciones y que facilite al lector la compresión de las analogías ocultas del lenguaje.
Quiero escribir la historia de un Robinson Crusoe del alma - afirmó Machen-, de un hombre que está solo, no porque se halle en una isla desierta sino por su aislamiento mental, porque entre él y todos aquellos con quienes tropieza medie un auténtico abismo. Algo que sólo una pluma como la suya, curtida por vocación en lo imposible, pudo lograr allí donde otros fracasaron.
Y, ya para terminar, una observación quizás un tanto osada: creo que si Machen hubiese escrito por aquel entonces La colina de los sueños en vez de en Inglaterra en París, su libro se estudiaría hoy en Francia junto a los de los grandes simbolistas, en vez de entre los cuestionados y modestos escritores de ciencia ficción. Aunque seguramente entonces yo no lo hubiera reivindicado con tanto entusiasmo en este artículo.
jueves, 16 de abril de 2009
RAÚL NÚÑEZ: Pionero, freak & poeta.


Descubrí a Raúl Núñez por casualidad en 1993 a través de ese breve y luminoso poemario titulado People, editado por Tusquets en 1974.
Nada sabía hasta entonces de él, pero compré aquel libro por intuición al leer la sinopsis de su contraportada: People - decía - es una galería de freaks; aquí quedan grabados y enmarcados, respirando para siempre la atmósfera contaminada de nuestro tiempo. Son los personajes-límite de una época, ya en vías de disolución y en plena metamorfosis...
Estas palabras me cautivaron y fueron las culpables, en cierto modo, de mi devoción posterior por Raúl. Porque lo cierto es que People me arrebató (que diría mi querido Iván Zulueta), su ritmo y referentes beat, su atmósfera de marginalidad y misticismo, su espontaneidad, sus metáforas delirantes y esa fusión de prosa y poesía pop, hibridada y marciana, precursora (antes de Bukowski o Carver) del llamando Realismo Sucio en nuestro país, que en aquel momento me pareció absolutamente deslumbrante y moderna.
Comencé a partir de entonces a indagar en la vida y obra de Raúl, del que durante los noventa se sabía por estos pagos más bien poco. Escritor argentino nacido en 1947, afincado en España durante los ochenta, a caballo entre Barcelona y Valencia, y autor de varios libros inencontrables y descatalogados: las novelas Derrama Whiski sobre tu amigo muerto, Sinatra, La rubia del bar y A solas con Betty Bop, y los poemarios San John López del camino, Poemas de los Ängeles naúfragos, Cannabis Flan, Jugla Rock y el ya citado People.
Algunos de estos títulos los fui consiguiendo a través de catálogos especializados y librerías de viejo, y algunos otros sigo hoy, quince años después, sin haberlos logrado encontrar...
Ni siquiera supe de su muerte en 1996, en Valencia, porque no fue algo sonado ni de lo que se hablara en los medios; Raúl murió alcoholizado, pobre y solo, maldito hasta el tuétano y lleno de poesía y nostalgia, como cualquier freak de sus poemas, y que yo sepa muy pocas necrológicas o recordatorios de sus libros se hicieron entonces o se han hecho hasta el día de hoy... Y ello pese a haberse adaptado dos de sus novelas, Sinatra y la Rubia del bar (editadas ambas por Anagrama), a la pantalla grande, y ser un autor de culto entre ciertos círculos de escritores libertarios de su tiempo.
La editorial tinerfeña Baile del sol ha venido a saldar al fin parte de esta deuda pendiente con Núñez, reuniendo toda su obra poética en un volumen recién editado y absolutamente recomendable titulado Marihuana para los pájaros.
Y por nuestra parte, Patxi Irurzun (vía David González) y yo hemos aportado nuestro granito de arena a la causa incluyendo uno de sus relatos en la antología Resaca/Hank Over. Un homenaje a Charles Bukowski (Caballo de Troya/ Mondadori, 2008), que entre los dos coordinamos.
Sólo queda ahora esperar que Anagrama reedite sus novelas y que poco a poco la crítica le ponga definitivamente en el lugar que merece.
Salud & Pura Vida, Raúl,
allá donde ahora estés.
allá donde ahora estés.
Vicente Muñoz Álvarez, de Azul Eléctrico. Cultura Subterránea. Nº9.
jueves, 11 de septiembre de 2008
G.I. GURDJIEFF: Buscador de la Verdad Absoluta, por Vicente Muñoz Álvarez.

Me propongo dar al conjunto de mis ideas una forma accesible a todos, con la esperanza de que puedan servir como elemento constructivo y preparar el consciente de la criaturas, mis semejantes, a la edificación de un mundo nuevo en lugar de este mundo ilusorio que representan nuestros contemporáneos.
.
.
G.I.Gurdjieff, Encuentros con hombres notables.
Hacia 1877 ( la fecha exacta de su nacimiento no es precisa ) viene al mundo en Alexandropol George Ivanovitch Gurdjieff, uno de los personajes más enigmáticos y controvertidos del espiritismo moderno, y autor, entre otros, de un portentoso libro titulado Encuentros con hombres notables.
Por sí sola, la biografía de Gurdjieff es lo bastante atractiva como para justificar, al margen de su obra, todo tipo de reseñas y estudios: arqueólogo, pastor, médium, músico, escritor, hipnotista, fundador de religiones y sectas, teósofo, estraperlista, sexólogo, vidente, charlatán, profeta, embaucador... Las etiquetas que podemos utilizar para referirnos a él son, sin exageración alguna, prácticamente inumerables. Y ello porque Gurdijieff es uno de esos inclasificlabes seres ( muy al estilo de Rasputín o Aleister Cronwell, por citar algún ejemplo ) sobre los que la crítica y la opinión pública no han logrado nunca mostrarse de acuerdo: para unos incuestionables genios, para otros redomados impostores.
Simplificando las cosas, cabría estructurar la vida de Gurdjieff en dos grandes períodos: el de aprendizaje y búsqueda de la Verdad ( que se prolonga, aproximadamente, hasta sus cuarenta años ) y el de enseñanza y transmisión posterior de su doctrina.
Durante el primero Gurdjieff viaja incansable a Oriente, frecuenta monasterios y lugares santos, accede a libros sagrados y excava en milenarias ruinas en busca de lo que él llama el auténtico conocimiento esotérico tradicional.
Todo ello para fundar tiempo despúes, junto a un puñado de fieles, el Instituto para el Desarrollo Armónico del Hombre y transmitir su enseñanza a Occidente.
Para ello, los Buscadores de la Verdad se instalan en una suntuosa mansión cercana a París ( el Prieuré des Basses Loges ) y empiezan a desarrollar un programa docente que incluye, entre otras cosas, ejercicios mentales y físicos, danzas exóticas, sesiones nudistas y grandes banquetes como medio de alterar la atrofiada conciencia del hombre europeo. Una enseñaza cuyo objetivo inmediato es liberarle de sus ataduras socioculturales y concienciarle, para evitar la mecanización que estas conllevan, de la diversificación e imprevisibilidad de sus actos.
La comunidad se nutre básicamente de las aportaciones de simpatizantes adinerados y famosos ( Katherine Mansfield, entre otros ) que, atraídos por el aura del maestro, se somenten dócilmente a todo tipo de experiencias psíquicas.
Así hasta que en 1924 Gurdjieff, tras un aparatoso accidente de coche, decide dar un paso más en su enseñanza registrando por escrito su particular pensamiento.
De este modo nacen los incomprensibles Relatos de Belcebú a su nieto, una obra densa y oscura con la que pretende extirpar las creencias y opiniones arraigadas en el psiquismo de los hombres acerca de todo cuanto existe en el mundo, como paso previo a su posterior liberación de espíritu.
Si embargo, una vez terminados y analizados en profundidad, Gurdjieff llega a la conclusión de que estos Relatos, pese a su hermoso y original simbolismo, no son el instrumento adecuado para transmitir al público en general su doctrina; adolecen de un hermetismo accesible sólo a iniciados y precisan, por tanto, de una indispensable labor de exégesis.
Sólo en su siguiente libro: Encuentros con hombres notables, Gurdjieff alcanza ese equilibrio entre lo real y lo mágico, entre lo filosófico y lo coloquial, que suele caracterizar al genio; ese modo polivalente de expresión ( se me ocurre, sin ir más lejos, nuestro universal Quijote ), capaz de subyugar a los más diversos lectores ofreciéndoles claves y significados de muy distinta interpretación, pero de igual fuerza emotiva.
A caballo entre la novela de aventuras ( en la línea de Kipling o Stevenson ) y el tratado ontológico, entre la enseñanza teosófica y el relato fantástico, Encuentros con hombres notables perfila el itinerario de aprendizaje moral de Gurdjieff, encarnado en las enseñanzas de sus diversos maestros y amigos: Karpenko, Ielov, Bogatchevsky, Pogossian...
Pero este libro ( de ahí su doble atractivo ) no es sólamente un compedio de viajes y aventuras al uso. Más bien cabría definirlo como un tratado sobre los misterios de alma y como un modo simplificado de acceso al pensamiento gurdjieffiano.
Y es así, para simplificar tal enseñanza, como en sus deslumbrantes páginas los Buscadores de la Verdad excavan en templos en ruinas, visitan monasterios perdidos, se entrevistan con santones y lamas, recorren países, estudian legajos y mapas y se demoran una y mil veces en la saludable labor de encontrar respuesta a los muchos interrogantes humanos.
Un relato, en definitiva, lleno de imaginación e ingenio, que todo espíritu inquierto no debería dejar de leer.
El resto de su vida, hasta su fallecimiento en 1948, Gurdjieff lo invierte en la traducción, difusión y posterior edición de su obra, y en el no menos extravagante oficio ( dadas las técnicas poco ortodoxas que solía aplicar ) de mantener en pie su Instituto.
Por sí sola, la biografía de Gurdjieff es lo bastante atractiva como para justificar, al margen de su obra, todo tipo de reseñas y estudios: arqueólogo, pastor, médium, músico, escritor, hipnotista, fundador de religiones y sectas, teósofo, estraperlista, sexólogo, vidente, charlatán, profeta, embaucador... Las etiquetas que podemos utilizar para referirnos a él son, sin exageración alguna, prácticamente inumerables. Y ello porque Gurdijieff es uno de esos inclasificlabes seres ( muy al estilo de Rasputín o Aleister Cronwell, por citar algún ejemplo ) sobre los que la crítica y la opinión pública no han logrado nunca mostrarse de acuerdo: para unos incuestionables genios, para otros redomados impostores.
Simplificando las cosas, cabría estructurar la vida de Gurdjieff en dos grandes períodos: el de aprendizaje y búsqueda de la Verdad ( que se prolonga, aproximadamente, hasta sus cuarenta años ) y el de enseñanza y transmisión posterior de su doctrina.
Durante el primero Gurdjieff viaja incansable a Oriente, frecuenta monasterios y lugares santos, accede a libros sagrados y excava en milenarias ruinas en busca de lo que él llama el auténtico conocimiento esotérico tradicional.
Todo ello para fundar tiempo despúes, junto a un puñado de fieles, el Instituto para el Desarrollo Armónico del Hombre y transmitir su enseñanza a Occidente.
Para ello, los Buscadores de la Verdad se instalan en una suntuosa mansión cercana a París ( el Prieuré des Basses Loges ) y empiezan a desarrollar un programa docente que incluye, entre otras cosas, ejercicios mentales y físicos, danzas exóticas, sesiones nudistas y grandes banquetes como medio de alterar la atrofiada conciencia del hombre europeo. Una enseñaza cuyo objetivo inmediato es liberarle de sus ataduras socioculturales y concienciarle, para evitar la mecanización que estas conllevan, de la diversificación e imprevisibilidad de sus actos.
La comunidad se nutre básicamente de las aportaciones de simpatizantes adinerados y famosos ( Katherine Mansfield, entre otros ) que, atraídos por el aura del maestro, se somenten dócilmente a todo tipo de experiencias psíquicas.
Así hasta que en 1924 Gurdjieff, tras un aparatoso accidente de coche, decide dar un paso más en su enseñanza registrando por escrito su particular pensamiento.
De este modo nacen los incomprensibles Relatos de Belcebú a su nieto, una obra densa y oscura con la que pretende extirpar las creencias y opiniones arraigadas en el psiquismo de los hombres acerca de todo cuanto existe en el mundo, como paso previo a su posterior liberación de espíritu.
Si embargo, una vez terminados y analizados en profundidad, Gurdjieff llega a la conclusión de que estos Relatos, pese a su hermoso y original simbolismo, no son el instrumento adecuado para transmitir al público en general su doctrina; adolecen de un hermetismo accesible sólo a iniciados y precisan, por tanto, de una indispensable labor de exégesis.
Sólo en su siguiente libro: Encuentros con hombres notables, Gurdjieff alcanza ese equilibrio entre lo real y lo mágico, entre lo filosófico y lo coloquial, que suele caracterizar al genio; ese modo polivalente de expresión ( se me ocurre, sin ir más lejos, nuestro universal Quijote ), capaz de subyugar a los más diversos lectores ofreciéndoles claves y significados de muy distinta interpretación, pero de igual fuerza emotiva.
A caballo entre la novela de aventuras ( en la línea de Kipling o Stevenson ) y el tratado ontológico, entre la enseñanza teosófica y el relato fantástico, Encuentros con hombres notables perfila el itinerario de aprendizaje moral de Gurdjieff, encarnado en las enseñanzas de sus diversos maestros y amigos: Karpenko, Ielov, Bogatchevsky, Pogossian...
Pero este libro ( de ahí su doble atractivo ) no es sólamente un compedio de viajes y aventuras al uso. Más bien cabría definirlo como un tratado sobre los misterios de alma y como un modo simplificado de acceso al pensamiento gurdjieffiano.
Y es así, para simplificar tal enseñanza, como en sus deslumbrantes páginas los Buscadores de la Verdad excavan en templos en ruinas, visitan monasterios perdidos, se entrevistan con santones y lamas, recorren países, estudian legajos y mapas y se demoran una y mil veces en la saludable labor de encontrar respuesta a los muchos interrogantes humanos.
Un relato, en definitiva, lleno de imaginación e ingenio, que todo espíritu inquierto no debería dejar de leer.
El resto de su vida, hasta su fallecimiento en 1948, Gurdjieff lo invierte en la traducción, difusión y posterior edición de su obra, y en el no menos extravagante oficio ( dadas las técnicas poco ortodoxas que solía aplicar ) de mantener en pie su Instituto.
Ángel o demonio, negociante o filósofo, iluminado o simplemente un impostor, Gurdjieff fue sin duda alguna un hombre brillante, un auténtico hombre notable, empeñado en el humilde oficio de despertar a Occidente y cambiar la esencia del mundo.
Algo que, desde este nuevo y banalizado milenio, muchos hijos de Satanás seguimos aún esperando.
Vicente Muñoz Álvarez, de El tiempo de los Asesinos.
miércoles, 17 de octubre de 2007
MALCOLM LOWRY por Vicente Muñoz Álvarez.

MALCOLM LOWRY: EL FUEGO DEL VOLCÁN Y DEL TEQUILA.
A veces me veo como un gran explorador que ha descubierto un país del que jamás podrá regresar para darlo a conocer al mundo. Porque el nombre de esta tierra es infierno. M.L.
.
A veces me veo como un gran explorador que ha descubierto un país del que jamás podrá regresar para darlo a conocer al mundo. Porque el nombre de esta tierra es infierno. M.L.
.
La mejor escuela del creador es, sin duda alguna, su experiencia. Concebidos por ladrones, por tenderos o arquitectos, en países prosperos o carenciales, bajo estrellas de fortuna o turbulencia, nuestra vida se perfila según las circunstancias, correlativamente a nuestro entorno. Igual que la genésis del arte: siempre teñida por algún reflejo.
Hablar de Malcolm Lowry exige previamente reseñar por ello sus dos grandes pasiones, el obsesivo marcapasos de su vida y su literatura: su afición viajera y su alcoholismo. La primera le llevó de Inglaterra a México, pasando por París, Extremo Oriente, España, Estados Unidos y Canadá. La segunda le condujo prematuramente hacia su muerte.
Lowry nació en Cheshire ( Gran Bretaña ) el 28 de julio de 1909, hijo de un comerciante adinerado de algodón. Aunque a diferencia de sus cuatro hermanos, demostró pronto su caracter disidente e inconformista, embarcando con sólo dieciocho años rumbo a China. Como Melville, Conrad o Kerouac, por citar algún ejemplo. Durante el tiempo que dura esta travesía, el jovel Malcolm toma nota de sus experiencias, que plasma al regreso en Ultramarina, novela quizás algo inmadura, pero que desata su espíritu creador y augura ya muchas de sus próximas líneas temáticas. Las cosas no debieron resultarle fáciles durante aquel período, si atendemos al tenor biográfico del libro: el despertar al mundo de un muchacho y su empeño en demostrar su hombría, el ambiente sórdido en los puertos, la ominosa soledad del mar... En cualquier caso, ese viaje iniciará a Lowry en la bebida, hábito que marcará ya para siempre su destino y será una constante invariable en sus novelas.
De vuelta a Inglaterra se licencia en Cambridge y embarca de nuevo rumbo al Mar del Norte, pasando algunas temporadas en España y París. Así hasta que en 1936 se afinca con su esposa en México y empieza a redactar Bajo el volcán.
Es la época del mezcal y del tequila. Y la de su mayor creatividad literaria.
En los años sucesivos Lowry reelabora varias veces esa novela con la intención de retratar fielmente el perfil psicológico de un borracho, su melopea triste, su lucha interior y su fracaso. Véase, su propia historia.
Bajo el volcán se desarrolla en un México de ensueño, de escapismo y última esperanza. El propio Lowry afirmaba al respecto: Quizá lo más honesto sea confesar que la idea cara a mi corazón fue la de hacer, en su género, una especie de obra de pionero y escribir la auténtica historia de un borracho.
¿ Novela absurda, vanguardista, existencial ? Cada cual puede interpretarla a su manera, ya que, desde luego, abunda en claves y guiños al lector: Quise hacer música hot, un poema, una canción, una tragedia, una farsa y así sucesivamente, afirma Lowry en una carta a su editor.
Yvonne y Cónsul. Y el mezcal y el tequila.
Depresionismo etílico. Y el mezcal y el tequila.
Desamor y muerte. Y el mezcal y el tequila.
Así es Bajo el volcán: doce horas de agonía en la vida de un borracho: apología, condena y metáfora de la autodestrucción.
La novela, rechazada ( cómo no ) por varios editores, cae finalmente en manos de Jonathan Cape, que antes de publicarla aconseja a Lowry modificar su estructura y reducir ostensiblemente su extensión. Sugerencia que éste rechaza de pleno en una carta de casi 20.000 palabras, donde le explica a su editor la premeditación de todos sus capítulos, de cada pincelada y digresión en relación a su exégesis final.
Bajo el volcán, en cualquier caso, no es publicada en su versión íntegra hasta 1947, momento a partir del cual Lowry se sume en un período de salvajes borracheras, es abandonado por su esposa, vuelve a casarse, intenta redimirse en Canadá y regresa nuevamente a México para seguir bebiendo y escribir su segunda gran novela: Oscuro como la tumba de donde yace mi amigo, una fantasmagoría etílica que bien pudiera considerarse una segunda entrega de Bajo el volcán, pues su argumento y estructura es recurrente: la introspección, el desaliento, el desamor y la impotencia de un hombre inadaptado en su vertiginoso descenso al infierno.
En lo sucesivo, Lowry escribe a intervalos de lucidez algunas otras obras que no llega a publicar con vida: Lunar Caustic, Ferry de Octubre a Gabriola y el volumen de relatos Escúchanos, Señor, desde tu morada. Aunque ya no le quedaba mucho tiempo. En 1954 regresa a Inglaterra muy deteriorado y muere de mala manera en la que habría de ser su última y definitiva borrachera.
Todo un escritor maldito, vamos.
Desde entonces la fama de Bajo el volcán no ha dejado de crecer discretamente, traducida a varios idiomas, adaptada al cine por el gran Jhon Huston y considerada por la crítica una de las novelas clave del pasado siglo.
Todo ello para que su autor se vea hoy relegado casi olvido y sus libros, salvo Bajo el volcán ( y con suerte ), sean prácticamente inencontrables.
Libro que no vende, libro que no renta, afirman las editoriales. Y nos bombardean con best seller.
Porque leer a Malcolm Lowry, supongo, requiere participar de algún modo en su experiencia, desvelar sus claves y ahondar en sus motivaciones. Algo que, por supuesto, la gran mayoría de los lectores de este acelerado y prosaico siglo nuevo no está dispuesta a hacer.
Hablar de Malcolm Lowry exige previamente reseñar por ello sus dos grandes pasiones, el obsesivo marcapasos de su vida y su literatura: su afición viajera y su alcoholismo. La primera le llevó de Inglaterra a México, pasando por París, Extremo Oriente, España, Estados Unidos y Canadá. La segunda le condujo prematuramente hacia su muerte.
Lowry nació en Cheshire ( Gran Bretaña ) el 28 de julio de 1909, hijo de un comerciante adinerado de algodón. Aunque a diferencia de sus cuatro hermanos, demostró pronto su caracter disidente e inconformista, embarcando con sólo dieciocho años rumbo a China. Como Melville, Conrad o Kerouac, por citar algún ejemplo. Durante el tiempo que dura esta travesía, el jovel Malcolm toma nota de sus experiencias, que plasma al regreso en Ultramarina, novela quizás algo inmadura, pero que desata su espíritu creador y augura ya muchas de sus próximas líneas temáticas. Las cosas no debieron resultarle fáciles durante aquel período, si atendemos al tenor biográfico del libro: el despertar al mundo de un muchacho y su empeño en demostrar su hombría, el ambiente sórdido en los puertos, la ominosa soledad del mar... En cualquier caso, ese viaje iniciará a Lowry en la bebida, hábito que marcará ya para siempre su destino y será una constante invariable en sus novelas.
De vuelta a Inglaterra se licencia en Cambridge y embarca de nuevo rumbo al Mar del Norte, pasando algunas temporadas en España y París. Así hasta que en 1936 se afinca con su esposa en México y empieza a redactar Bajo el volcán.
Es la época del mezcal y del tequila. Y la de su mayor creatividad literaria.
En los años sucesivos Lowry reelabora varias veces esa novela con la intención de retratar fielmente el perfil psicológico de un borracho, su melopea triste, su lucha interior y su fracaso. Véase, su propia historia.
Bajo el volcán se desarrolla en un México de ensueño, de escapismo y última esperanza. El propio Lowry afirmaba al respecto: Quizá lo más honesto sea confesar que la idea cara a mi corazón fue la de hacer, en su género, una especie de obra de pionero y escribir la auténtica historia de un borracho.
¿ Novela absurda, vanguardista, existencial ? Cada cual puede interpretarla a su manera, ya que, desde luego, abunda en claves y guiños al lector: Quise hacer música hot, un poema, una canción, una tragedia, una farsa y así sucesivamente, afirma Lowry en una carta a su editor.
Yvonne y Cónsul. Y el mezcal y el tequila.
Depresionismo etílico. Y el mezcal y el tequila.
Desamor y muerte. Y el mezcal y el tequila.
Así es Bajo el volcán: doce horas de agonía en la vida de un borracho: apología, condena y metáfora de la autodestrucción.
La novela, rechazada ( cómo no ) por varios editores, cae finalmente en manos de Jonathan Cape, que antes de publicarla aconseja a Lowry modificar su estructura y reducir ostensiblemente su extensión. Sugerencia que éste rechaza de pleno en una carta de casi 20.000 palabras, donde le explica a su editor la premeditación de todos sus capítulos, de cada pincelada y digresión en relación a su exégesis final.
Bajo el volcán, en cualquier caso, no es publicada en su versión íntegra hasta 1947, momento a partir del cual Lowry se sume en un período de salvajes borracheras, es abandonado por su esposa, vuelve a casarse, intenta redimirse en Canadá y regresa nuevamente a México para seguir bebiendo y escribir su segunda gran novela: Oscuro como la tumba de donde yace mi amigo, una fantasmagoría etílica que bien pudiera considerarse una segunda entrega de Bajo el volcán, pues su argumento y estructura es recurrente: la introspección, el desaliento, el desamor y la impotencia de un hombre inadaptado en su vertiginoso descenso al infierno.
En lo sucesivo, Lowry escribe a intervalos de lucidez algunas otras obras que no llega a publicar con vida: Lunar Caustic, Ferry de Octubre a Gabriola y el volumen de relatos Escúchanos, Señor, desde tu morada. Aunque ya no le quedaba mucho tiempo. En 1954 regresa a Inglaterra muy deteriorado y muere de mala manera en la que habría de ser su última y definitiva borrachera.
Todo un escritor maldito, vamos.
Desde entonces la fama de Bajo el volcán no ha dejado de crecer discretamente, traducida a varios idiomas, adaptada al cine por el gran Jhon Huston y considerada por la crítica una de las novelas clave del pasado siglo.
Todo ello para que su autor se vea hoy relegado casi olvido y sus libros, salvo Bajo el volcán ( y con suerte ), sean prácticamente inencontrables.
Libro que no vende, libro que no renta, afirman las editoriales. Y nos bombardean con best seller.
Porque leer a Malcolm Lowry, supongo, requiere participar de algún modo en su experiencia, desvelar sus claves y ahondar en sus motivaciones. Algo que, por supuesto, la gran mayoría de los lectores de este acelerado y prosaico siglo nuevo no está dispuesta a hacer.
martes, 9 de octubre de 2007
WILLIAM S. BURROUGHS por Vicente Muñoz Álvarez.

WILLIAM BURROUGHS: EXTERMINADOR DE INSECTOS.
La enfermedad es la adicción a la droga y yo fui adicto durante quince años. He consumido la droga bajo muchas formas. La he fumado, comido, aspirado, inyectado e introducido en suspositorios rectales. Tanto da que la aspires, la fumes, la comas o te la metas por el culo, el resultado es el mismo: adicción.
W.S.B.
De todos los trabajos que William S. Burroughs ( 1914 - 1997 ) realizó en Norteamérica hasta su dedicación exclusiva a la escritura, el único que, según sus propias palabras, le resultó medianamente llevadero, fue el de exterminador de parásitos e insectos, oficio este que, en buena medida, ilustra el hermetismo de su vida y sus novelas.
No puedo evitar la visión del viejo Bill con su pistola persiguiendo insectos y recitando versos de Blake con sus pupilas vidriosas de adicto a la heroína. Como tampoco la asociación de dicha imagen con la del Bardamu contador de pulgas que Céline describe en Viaje al fin de la noche: un oficio absurdo y delirante para un banal fin de milenio.
William Burroughs: escritor, yonqui, marica, deconstructor de imágenes, cazador, pintor, homicida, pederasta y padre indiscutible ( por más que no lo asumiera ) de la disoluta Generación Beat.
Situémonos en el Nueva York de los años cuarenta. Jack Kerouac y Allen Ginsberg, por aquel entonces jóvenes promesas, conocen al siniestro William Burroughs, una especie de ángel demonizado y adicto a la morfina, que les abre a un universo excitante de lecturas: Rimbaud, Céline, Blake, Kafka, Spengler, Yeats... Algo muy distinto a todo lo que hasta ese momento habían leído y sospechado. Y así, entre enloquecidas sesiones de psicoanálisis y bencedrina, germina en el lengendario apartamente de Riverside Drive el primer núcleo de intelectuales beat. Kerouac y Burroughs escriben en colaboración la novela Y los hipopótamos cocieron en sus tanques, Lucien Carr ( también asiduo a la comuna ) asesina a Dave Kammerer, se suceden las noches de bop y borrachera, aparece en escena el beatífico Neal Cassady y aumenta de tal modo la adicción de Bill a la heroína, que finalmente se ve obligado a instalarse en Texas para cultivar marihuana y evitar problemas con la policía.
Luego, en Mexico, tiene lugar en 1951 el trágico suceso que le conduce definitivamente a la escritura: una mañana le propone a su mujer hacer de blanco humano a su pistola con un vaso de agua, a modo Guillermo Tell, en la cabeza... Pero Burroughs, totalmente pasado, yerra el tiro y su mujer cae fulminada... Se le incoa por ello un proceso penal del que, mediante sobornos e influencias, sale absuelto, y parte después hacia Sudamérica para experimentar con el yagué, una poderosa droga que ilumina más tarde sus Cartas del yagué, dedicadas a Allen Ginsberg.
Así hasta que, en 1954, se afinca en Tánger y vive su más tétrica experiencia con la droga: dos años de adicción brutal a la heroína sin salir apenas de su habitación; inyecciones cada tres o cuatro horas; un descenso en picado al infierno.
Pero Burroughs, siempre iconoclasta, aún no había dicho su última palabra. En Londres, mediante un tratamiento con apomorfina, logra al fin desengancharse y regresa a Tánger para redactar El almuerzo desnudo, una de las obras clave de la segunda mitad del siglo XX, que arremete contra las más consagradas estructuras de poder. Una violenta explosión de imágenes y sensaciones que, según afirmó Allen Ginsgber, volverá locos a todos sus lectores.
Algún tiempo después, Burroughs descubre junto al pintor Brion Gysing la técnica del cut-up, una superposición de textos y recortes aleatoria que da lugar a la llamada Trilogía Nova ( La máquina blanda, Nova Express y El billete que explotó ), y que supuso la deconstrucción total del idioma y las palabras, la traslación del sentido primigenio del lenguaje hacia nuevos campos subconscientes e ignorados. Experimento sin retorno que le predispone, tras un período de mutismo y reflexión, a concebir su posteriores novelas: Los muchachos salvajes, ¡Exterminador!, Ciudades de la noche roja, El lugar de los caminos muertos, Las tierras de Occidente, etc.
A todo lo cual hay que añadir su intensa actividad en la pintura abstracta y en la música ( genial su colaboración en The Black Rider, de Tom Waits ), en la defensa del movimiento punk y en un sin fin más de causas perdidas.
Las últimas imágenes de Bill Burroughs fueron las de un afable anciano octogenario de pupilas dilatadas y gesto escrutador, partícipe y testigo profético y excepcional de un siglo vivido intensamente. Una postal de colección para el recuerdo.
Norman Mailer calificó en su día a Burroughs como el único americano vivo poseído por el genio. Afirmación tal vez discutible, pero, sin duda, lo bastante argumentada como para profesarle, en cualquier caso, admiración y respeto.
W.S.B.
De todos los trabajos que William S. Burroughs ( 1914 - 1997 ) realizó en Norteamérica hasta su dedicación exclusiva a la escritura, el único que, según sus propias palabras, le resultó medianamente llevadero, fue el de exterminador de parásitos e insectos, oficio este que, en buena medida, ilustra el hermetismo de su vida y sus novelas.
No puedo evitar la visión del viejo Bill con su pistola persiguiendo insectos y recitando versos de Blake con sus pupilas vidriosas de adicto a la heroína. Como tampoco la asociación de dicha imagen con la del Bardamu contador de pulgas que Céline describe en Viaje al fin de la noche: un oficio absurdo y delirante para un banal fin de milenio.
William Burroughs: escritor, yonqui, marica, deconstructor de imágenes, cazador, pintor, homicida, pederasta y padre indiscutible ( por más que no lo asumiera ) de la disoluta Generación Beat.
Situémonos en el Nueva York de los años cuarenta. Jack Kerouac y Allen Ginsberg, por aquel entonces jóvenes promesas, conocen al siniestro William Burroughs, una especie de ángel demonizado y adicto a la morfina, que les abre a un universo excitante de lecturas: Rimbaud, Céline, Blake, Kafka, Spengler, Yeats... Algo muy distinto a todo lo que hasta ese momento habían leído y sospechado. Y así, entre enloquecidas sesiones de psicoanálisis y bencedrina, germina en el lengendario apartamente de Riverside Drive el primer núcleo de intelectuales beat. Kerouac y Burroughs escriben en colaboración la novela Y los hipopótamos cocieron en sus tanques, Lucien Carr ( también asiduo a la comuna ) asesina a Dave Kammerer, se suceden las noches de bop y borrachera, aparece en escena el beatífico Neal Cassady y aumenta de tal modo la adicción de Bill a la heroína, que finalmente se ve obligado a instalarse en Texas para cultivar marihuana y evitar problemas con la policía.
Luego, en Mexico, tiene lugar en 1951 el trágico suceso que le conduce definitivamente a la escritura: una mañana le propone a su mujer hacer de blanco humano a su pistola con un vaso de agua, a modo Guillermo Tell, en la cabeza... Pero Burroughs, totalmente pasado, yerra el tiro y su mujer cae fulminada... Se le incoa por ello un proceso penal del que, mediante sobornos e influencias, sale absuelto, y parte después hacia Sudamérica para experimentar con el yagué, una poderosa droga que ilumina más tarde sus Cartas del yagué, dedicadas a Allen Ginsberg.
Así hasta que, en 1954, se afinca en Tánger y vive su más tétrica experiencia con la droga: dos años de adicción brutal a la heroína sin salir apenas de su habitación; inyecciones cada tres o cuatro horas; un descenso en picado al infierno.
Pero Burroughs, siempre iconoclasta, aún no había dicho su última palabra. En Londres, mediante un tratamiento con apomorfina, logra al fin desengancharse y regresa a Tánger para redactar El almuerzo desnudo, una de las obras clave de la segunda mitad del siglo XX, que arremete contra las más consagradas estructuras de poder. Una violenta explosión de imágenes y sensaciones que, según afirmó Allen Ginsgber, volverá locos a todos sus lectores.
Algún tiempo después, Burroughs descubre junto al pintor Brion Gysing la técnica del cut-up, una superposición de textos y recortes aleatoria que da lugar a la llamada Trilogía Nova ( La máquina blanda, Nova Express y El billete que explotó ), y que supuso la deconstrucción total del idioma y las palabras, la traslación del sentido primigenio del lenguaje hacia nuevos campos subconscientes e ignorados. Experimento sin retorno que le predispone, tras un período de mutismo y reflexión, a concebir su posteriores novelas: Los muchachos salvajes, ¡Exterminador!, Ciudades de la noche roja, El lugar de los caminos muertos, Las tierras de Occidente, etc.
A todo lo cual hay que añadir su intensa actividad en la pintura abstracta y en la música ( genial su colaboración en The Black Rider, de Tom Waits ), en la defensa del movimiento punk y en un sin fin más de causas perdidas.
Las últimas imágenes de Bill Burroughs fueron las de un afable anciano octogenario de pupilas dilatadas y gesto escrutador, partícipe y testigo profético y excepcional de un siglo vivido intensamente. Una postal de colección para el recuerdo.
Norman Mailer calificó en su día a Burroughs como el único americano vivo poseído por el genio. Afirmación tal vez discutible, pero, sin duda, lo bastante argumentada como para profesarle, en cualquier caso, admiración y respeto.
martes, 2 de octubre de 2007
HENRY MILLER por Vicente Muñoz Álvarez.

HENRY MILLER: LOS TRÓPICOS DE LA EMBRIAGUEZ.
" Somos culpables de un crimen, el gran crimen de no vivir la vida al máximo."
Cuando, después de la II Guerra Mundial, Henry Miller se instala con su esposa en Big Sur ( California ), toda una pléyade de escritores y outsiders comienzan a girar como satélites entorno suyo. Primero los poetas de la Beat Generation, los llamados hipsters, deslumbrados por el tono anárquico y exultante de sus obras, esa especie de aura mística y vital de sus novelas en la que ellos se identificaron plenamente. Y después, mediados los sesenta, los viscerales hippies, que huidos de sus casas buscando una revelación, peregrinaron a Big Sur para conocer al gran gurú del sexo que era entonces Henry Miller. Unos y otros vieron en él a una especie de Mesías, un redentor que frente a la pesadilla tecnicista de Occidente, propugnaba un retorno a la naturaleza y al amor libre en la línea de la más pura tradición anarquista americana iniciada por Thoreau y Whitman.
Por aquel entonces Miller rondaba los sesenta años, había publicado la mayor parte de su obra y conjurado las reticencias de la censura y de la crítica. Pero hasta llegar a esa iluminación tuvo que recorrer antes un largo camino, lo que él mismo llamó sus ordalías, que fueron el sedimento de sus posteriores libros y que le situaron al borde mismo de la desesperación.
La primera de ellas, quizá la más oscura, durante la década de los años veinte en Nueva York, empleado de una compañía de telégrafos, casado y padre de una hija. Miller conoce entonces a June Edith Smith ( Mona en sus novelas ) y abandona esa aparente dicha conyugal por una vida bohemia y disipada en la que comienza a identificarse cada vez más como escritor. Es la época de los cafés de Brooklyn, de las prostitutas, de los cabarets y de su renacer al sexo de la mano de la diosa June, su verdadera y quizás única musa, que Miller describe en Trópico de Capricornio, La Primavera Negra y La crucifixión rosada algún tiempo después. Un período loco y duro en el que la calle es su primera escuela, el decorado literario de sus desbordantes sueños. Una época de la que él mismo escribió: llega a un grado suficiente de desesperación y verás como todo sale bien.
De 1924 a 1930 June mantiene a Miller a costa de sus amistades y de una sospechosa capacidad para obtener dinero, con la obsesiva idea de viajar tarde o temprano a Europa, que encarnaba para ellos la esencia espiritual del arte y la cultura frente a la banal sociedad de consumo americana.
La trilogía titulada La crucifixión rosada, integrada por Sexus ( 1949 ), Plexus ( 1952 ) y Nexus (1960 ), describe apasionadamente este período, desde el momento en que Henry conoce a June y abandona a su anterior esposa, hasta el instante mismo de su ansiado viaje a Europa. Es la historia de la génesis de un escritor, sus dificultades, sus dudas, sus vacilaciones y su manifiesta incapacidad para afrontar una existencia práctica en el sentido convencional americano. El universo fascinante de alguien embriago por la vida y consciente ya del poderío verbal que le había consagrado con los Trópicos años atrás.
La siguiente gran prueba de Miller, su segunda ordalía, tiene a París por escenario. En 1928 Henry y June hicieron su primer viaje a Europa, un recorrido turístico por Francia, Austria, Polonia, Hungría... Luego, tras otra estancia vacía en Nueva York, Miller regresa a París sin June y durante varios años, hasta la publicación de su primer libro, vive prácticamente en la indigencia, sableando a conocidos, comiendo en sus casas, escribiendo esporádicamente algún artículo y formándose para su explosión. Porque es París, la ciudad del spleen y el desencanto de los simbolistas, el infierno paradisíaco de las putas y de los clochards, el lugar que despierta al artista adormecido en Miller, ese genio que no había encontrado rienda suelta en la pacata sociedad americana.
Y una vez desbordada la presa, el río no cesa en su corriente. En 1934, tras varios escarceos con distintos editores, Miller publica al fin su primera novela, Trópico de Cáncer, un canto a la solemnidad del ser humano, un aullido de sentimiento arrebatado, apocalíptico y deliberadamente iconoclasta. A él le siguen La Primavera Negra ( 1936 ) y Tropico de Capricornio, quizás su mejor libro, que plantea la infancia y la adolescencia como la escuela posterior y esencial del escritor.
Reconocido y admirado por los intelectuales de su tiempo ( Anaïs Nin, Durrell, Cendrars ), a Miller le quedaba ya sólo una prueba: vencer la resistencia de la censura y la crítica. Sus obras fueron tachadas inicialmente de obscenas, pornográficas incluso, en una interpretación apresurada y superficial de su contenido, lo que le granjeó no pocas dificultades para su edición. El tema de mis libros – dijo – no es el sexo, sino la liberación del ser humano. Liberación que si bien en él pasa necesariamente por el sexo( como en D.H. Lawrence ) ahonda en raíces más profundas ( no en vano había estudiado a Niezsche, Spengler, Freud y Unamuno, por citar algún ejemplo).
Hubo que esperar por tanto a la liberación de las costumbres que se impuso tras la II Guerra para que Miller pudiera publicar su obra en Norteamérica. Momento a partir del cual se cierra su ciclo de ordalías y comienza otro de reconocimiento y reflexión que se prolonga hasta sus casi noventa años.
Aunque lo mejor de Miller, al margen de su azarosa biografía, es su estilo arrebatado y delirante, un estilo que caracterizó todos sus libros, además de los citados: El coloso de Marusi, una canción al sol de Grecia, Max y los fagocitos blancos, Big Sur, Un domingo después de la guerra, etc. Ese grito libertario y sincero, embriagador, que parece surgir de las más profundas grietas del ser humano y que, pese a esporádicas notas de angustia y desesperación, irradia una fuerza y un optimismo como pocos autores han logrado plasmar en la literatura.
Porque como el propio Miller afirmó: Dios se encuentra en todo hombre. Y partiendo de semejante premisa, todos los milagros son posibles.
Vicente Muñoz Álvarez. El tiempo de los asesinos.
Cuando, después de la II Guerra Mundial, Henry Miller se instala con su esposa en Big Sur ( California ), toda una pléyade de escritores y outsiders comienzan a girar como satélites entorno suyo. Primero los poetas de la Beat Generation, los llamados hipsters, deslumbrados por el tono anárquico y exultante de sus obras, esa especie de aura mística y vital de sus novelas en la que ellos se identificaron plenamente. Y después, mediados los sesenta, los viscerales hippies, que huidos de sus casas buscando una revelación, peregrinaron a Big Sur para conocer al gran gurú del sexo que era entonces Henry Miller. Unos y otros vieron en él a una especie de Mesías, un redentor que frente a la pesadilla tecnicista de Occidente, propugnaba un retorno a la naturaleza y al amor libre en la línea de la más pura tradición anarquista americana iniciada por Thoreau y Whitman.
Por aquel entonces Miller rondaba los sesenta años, había publicado la mayor parte de su obra y conjurado las reticencias de la censura y de la crítica. Pero hasta llegar a esa iluminación tuvo que recorrer antes un largo camino, lo que él mismo llamó sus ordalías, que fueron el sedimento de sus posteriores libros y que le situaron al borde mismo de la desesperación.
La primera de ellas, quizá la más oscura, durante la década de los años veinte en Nueva York, empleado de una compañía de telégrafos, casado y padre de una hija. Miller conoce entonces a June Edith Smith ( Mona en sus novelas ) y abandona esa aparente dicha conyugal por una vida bohemia y disipada en la que comienza a identificarse cada vez más como escritor. Es la época de los cafés de Brooklyn, de las prostitutas, de los cabarets y de su renacer al sexo de la mano de la diosa June, su verdadera y quizás única musa, que Miller describe en Trópico de Capricornio, La Primavera Negra y La crucifixión rosada algún tiempo después. Un período loco y duro en el que la calle es su primera escuela, el decorado literario de sus desbordantes sueños. Una época de la que él mismo escribió: llega a un grado suficiente de desesperación y verás como todo sale bien.
De 1924 a 1930 June mantiene a Miller a costa de sus amistades y de una sospechosa capacidad para obtener dinero, con la obsesiva idea de viajar tarde o temprano a Europa, que encarnaba para ellos la esencia espiritual del arte y la cultura frente a la banal sociedad de consumo americana.
La trilogía titulada La crucifixión rosada, integrada por Sexus ( 1949 ), Plexus ( 1952 ) y Nexus (1960 ), describe apasionadamente este período, desde el momento en que Henry conoce a June y abandona a su anterior esposa, hasta el instante mismo de su ansiado viaje a Europa. Es la historia de la génesis de un escritor, sus dificultades, sus dudas, sus vacilaciones y su manifiesta incapacidad para afrontar una existencia práctica en el sentido convencional americano. El universo fascinante de alguien embriago por la vida y consciente ya del poderío verbal que le había consagrado con los Trópicos años atrás.
La siguiente gran prueba de Miller, su segunda ordalía, tiene a París por escenario. En 1928 Henry y June hicieron su primer viaje a Europa, un recorrido turístico por Francia, Austria, Polonia, Hungría... Luego, tras otra estancia vacía en Nueva York, Miller regresa a París sin June y durante varios años, hasta la publicación de su primer libro, vive prácticamente en la indigencia, sableando a conocidos, comiendo en sus casas, escribiendo esporádicamente algún artículo y formándose para su explosión. Porque es París, la ciudad del spleen y el desencanto de los simbolistas, el infierno paradisíaco de las putas y de los clochards, el lugar que despierta al artista adormecido en Miller, ese genio que no había encontrado rienda suelta en la pacata sociedad americana.
Y una vez desbordada la presa, el río no cesa en su corriente. En 1934, tras varios escarceos con distintos editores, Miller publica al fin su primera novela, Trópico de Cáncer, un canto a la solemnidad del ser humano, un aullido de sentimiento arrebatado, apocalíptico y deliberadamente iconoclasta. A él le siguen La Primavera Negra ( 1936 ) y Tropico de Capricornio, quizás su mejor libro, que plantea la infancia y la adolescencia como la escuela posterior y esencial del escritor.
Reconocido y admirado por los intelectuales de su tiempo ( Anaïs Nin, Durrell, Cendrars ), a Miller le quedaba ya sólo una prueba: vencer la resistencia de la censura y la crítica. Sus obras fueron tachadas inicialmente de obscenas, pornográficas incluso, en una interpretación apresurada y superficial de su contenido, lo que le granjeó no pocas dificultades para su edición. El tema de mis libros – dijo – no es el sexo, sino la liberación del ser humano. Liberación que si bien en él pasa necesariamente por el sexo( como en D.H. Lawrence ) ahonda en raíces más profundas ( no en vano había estudiado a Niezsche, Spengler, Freud y Unamuno, por citar algún ejemplo).
Hubo que esperar por tanto a la liberación de las costumbres que se impuso tras la II Guerra para que Miller pudiera publicar su obra en Norteamérica. Momento a partir del cual se cierra su ciclo de ordalías y comienza otro de reconocimiento y reflexión que se prolonga hasta sus casi noventa años.
Aunque lo mejor de Miller, al margen de su azarosa biografía, es su estilo arrebatado y delirante, un estilo que caracterizó todos sus libros, además de los citados: El coloso de Marusi, una canción al sol de Grecia, Max y los fagocitos blancos, Big Sur, Un domingo después de la guerra, etc. Ese grito libertario y sincero, embriagador, que parece surgir de las más profundas grietas del ser humano y que, pese a esporádicas notas de angustia y desesperación, irradia una fuerza y un optimismo como pocos autores han logrado plasmar en la literatura.
Porque como el propio Miller afirmó: Dios se encuentra en todo hombre. Y partiendo de semejante premisa, todos los milagros son posibles.
Vicente Muñoz Álvarez. El tiempo de los asesinos.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
